Spilimbergo    
 

Textos e imágenes extraidas del libro
Spilimbergo

Fermín Fèvre
Cabeza de Mujer, Monocopia (1919), 51x39 cm.

          Pocos pintores han desconcertado tanto a los críticos de arte como Lino Enea Spilimbergo. Tanto las influencias que se creen percibir en su pintura, como el sentido de sus obras y su significación, han sido motivo de las interpretaciones más diversas.
          Estas circunstancias obedecen, tal vez, al hecho de que en Spilimbergo observamos en grado superlativo un aspecto que caracteriza a la mayor parte de los artistas de su generación, pero que, en su caso, reviste una notoriedad que lo define. Se trata de lo que podríamos denominar "el doble acoso" del artista latinoamericano. Si tenemos en cuenta que las coordenadas del espacio y del tiempo asumen un papel determinante en la creación artística, este hecho se ha puesto de manifiesto de manera notable en la mayor parte de los artistas de nuestro continente.
          La formación europea recibida en forma directa o indirecta por casi todos ellos, los llevó a situarse dentro de los requerimientos expresivos de la época, asumiendo estilos que se correspondían con las modas y las exigencias del momento. Hacia fines del siglo diecinueve y comienzos del veinte, se manifiesta en el arte un proceso de desrepresentación que sustituye la noción de que el arte representa a la realidad exterior, elevándola e idealizándola, tal cual se entendía desde Aristóteles, por la idea de que el arte es, principalmente, una creación imaginativa. Este hecho pone en tela de juicio a la imagen, que pasa de ser un elemento reconocible de la realidad a una creación autónoma, fruto de la inventiva y la imaginación. Esto da lugar a que se propongan nuevas fuentes de la creación artística y lenguajes originales capaces de poner de manifiesto esa creatividad imaginativa.
Seres Humildes 1, óleo sobre tela (1923) 165x210 cm.
              Por otro lado, el artista latinoamericano sentía la necesidad de elaborar imágenes que significaran a su lugar de pertenencia, identificándolo creadoramente; respondiendo, así, a una iconicidad imprescindible para paises jóvenes que tienen que desarrollar un mundo de imágenes propias, reconocibles como identidad.
                    Este doble acoso, el de los lenguajes expresivos de la época, por un lado, y el de la necesidad icónica del lugar, por el otro, dio lugar a las respuestas mas diversas por parte de nuestros pintores. Algunos optaron por desarrollar un lenguaje acorde con el momento histórico; otros hicieron hincapié en el costumbrismo y las temáticas localistas, haciendo caso omiso a la moda estética del momento y, finalmente, otros buscaron establecer una suerte de actitud conciliadora, tratando de responder tanto a las instancias del tiempo como del lugar: ser modernos y a la vez mantener en su pintura elementos de reconocimiento del medio local.
          Las formas de lograr esta conciliación han sido muy diversas y Spilimbergo es, sin duda, uno de los que con mayor notoriedad lo intentó. Esa característica es, tal vez, la que mejor se puede considerar para la comprensión y evaluación de su pintura.
Autorretrato, óleo sobre madera (1924) 36x26 cm.

          Si bien esto nos ayuda a situarlo, no deja de resolver el desconcierto que produce su obra. Al conciliar elementos del pasado y del presente, al apelar a formas preexistentes en la tradición pictórica, definidas por su concepción clásica, dándoles un elemento constructivo tomado del proceso moderno y a la vez incorporándoles referencias locales, se produjeron en su pintura asociaciones múltiples.
          En la pintura de este artista se conjugan tantas perspectivas diversas, que ellas no hacen más que enriquecerla, situando a su creador entre una de las figuras más destacadas del arte argentino.
          Lino Enea Spilimbergo nació en Buenos Aires el 12 de agosto de 1896, en el barrio de Palermo. Sus padres eran inmigrantes italianos. El trabajó como cadete en Gath y Chavez y luego en el Correo Argentino. Las primeras nociones de dibujo las recibe en la escuela industrial. En 1915 ingresa en la Academia Nacional de Bellas Artes, de la que egresa dos años más tarde. Esta formación académica, aunque breve, lo marcara para siempre, dándole una orientación formativa.
          Muy poco después, en 1921, realiza en San Juan su primera exposición individual. En estos comienzos se muestra inclinado al indigenismo, atraído por algunas teorías vigentes en esos años y por sus viajes realizados por el noroeste del país que lo vinculan con una realidad humana y social, produciéndole un fuerte impacto emocional y una definición ideológica que no lo abandonara nunca. Luego de obtener distintos premios en el Salón Nacional en Buenos Aires, viaja a Europa en 1925 y recorre Italia y Francia, tras un breve paso por Alemania.
          En particular se detiene en la Toscana, en sus monumentos del pasado, en sus iglesias con sus pinturas al fresco y su arquitectura singular. Esta adhesión afectiva tendrá también mucho que ver con su obra posterior. Como señala Romualdo Brughetti, "las formas estructuradas italianas de los siglos XIV y XV fueron aportes de valía para nuestro pintor, cuya pasión humanística se ajusta y vigoriza en Italia".
Autorretrato, óleo sobre cartón (1930) 72,5x61 cm.
              En Paris, Spilimbergo asiste al taller de André Lhote y dibuja incansablemente en los talleres de la Grande Chaumière con modelo vivo. Este apego por el dibujo y sus posibilidades expresivas será algo fundamental para la obra posterior. Spilimbergo será reconocido, ante todo, como un excepcional dibujante que ha influido de manera notable en las generaciones posteriores.
          Su maestro André Lhote era un artista emparentado, algo tardíamente, con el cubismo que nunca tuvo gran relieve ni alcanzó los primeros planos, pero dueño de una gran capacidad para enseñar. Su labor docente marca toda una época en el mundillo parisino, ya que por su taller pasaron centenares de artistas. Entre ellos los que caracterizan a los argentinos "del grupo de París": Horacio Butler, Aquiles Badi, Héctor Basaldúa, Raquel Forner, Pedro Domínguez Neira, Emilio Centurión, Víctor Pissarro, Jorge Larco, etcétera. Por razones generacionales y afinidades formativas, Spilimbergo formó parte de ese conjunto de artistas a los que habría que agregar a Alfredo Bigatti, Antonio Berni, Alfredo Guttero, Juan Del Prete y Norah Borges.
          Las enseñanzas de Lhote, las corrientes estéticas imperantes entonces (estamos en plena década del veinte) y la creencia en el fenómeno vanguardista del arte, terminaron por conformar el perfil del grupo parisino que, mas allá de los acentos individuales, mantenía ceencias y predilecciones afines. Si quisiéramos haber una síntesis de esas características comunes, podríamos establecerlas en el constructivismo formal de Paúl Cézanne (que murió en 1906, dejando una larga estela de influencias), la pintura metafísica de Carrá y el cubismo que ya había pasado por varios momentos a través de sus principales exponentes: Pablo Picasso, Georges Braque, Juan Gris y sus seguidores.
Comiendo – Momento Feliz,
óleo sobre tela (1927) 150x130 cm.
              Así, pocos pudieron escapar a la preocupación por la estructuración de la forma, la facetación geometrizante, la simplificación dinámica y cierta presencia larvada de la pintura metafísica y del surrealismo. En la obra pictórica de Spilimbergo todos esos elementos estarán presentes. Es, en ese sentido, un exponente destacado de su generación, ya que recoge casi la totalidad de los aspectos que la identifican pictóricamente.
          En 1928 nuestro artista regresa al país y lo hace en compañía de su mujer francesa, Germaine. El ambiente de Buenos Aires era, por entonces, muy propicio para las actividades artísticas y literarias. La revista "Martín Fierro" (1924-1927), entidades culturales muy activas como "Amigos del arte", los grupos de escritores y artistas reunidos en los de "Florida" y los de "Boedo" creaban un clima polémico, entusiasta y muy efervescente, que se animaba con la confrontación ideológica y política. Spilimbergo se identificó con posiciones de izquierda, manteniendo desde entonces en toda su vida una firme convicción militante.
          El paisaje, la naturaleza muerta y en particular la figura, son los temas pictóricos que ha desarrollado este artista prácticamente durante todas sus etapas. Es, por ello, muy difícil y forzado el querer hacer una periodización de su pintura según los temas abordados. En su primera exposición de San Juan y en sus obras iniciales, anteriores al viaje a Europa, lo vemos naturalista y cercano a la corriente indigenista. A su regreso de París, ya presenta las características definitivas de su obra posterior.

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