La calle Juan B. Justo no se caracteriza por ser un destino cool. Más aún, la zona límite entre Palermo y Chacarita está atestada de negocios relacionados con la metalmecánica. Proliferan comercios de autopartes, parabrisas, estéreos, todos locales que no armonizan el paisaje, no contribuyen a una mirada simple, cordial e iluminada. Sin embargo, esta es una zona multifacética, desacantonada. A un lado, el puente de avenida Córdoba. Del otro, la estación Federico Lacroze. En el medio “La ira de Dios”, el edificio-comunidad siglo XXI en el que trabaja Nicola Costantino junto a otros artistas y donde, además funciona una galería de arte que, entre otras cosas, busca integrar a jóvenes creadores con otras generaciones. Hasta este futuro-mítico lugar que llegamos para encontrarnos con ella, su aura y su enorme taller.
¿Cómo es la época previa a lo que sería tu vida artística?
De chica sabía que quería ser artista, incluso tengo el recuerdo claro de ver la reproducción del cuadro de Berni El sweater rojo, que hice ahora. Me impactaba esa obra, los detalles, el rostro. “Quiero hacer esto”, dije. Ser esto. Evidentemente es una obra enigmática, clave. En mi casa no me mandaban a cursos, talleres o maestros particulares, sino lisa y llanamente a un colegio normal. No hubo algo así como una época amateur previa a la academia. No como ahora, que a los chicos los especializan de niñitos. Lo que sí tuve como formación, y supongo terminó siendo algo clave, fue la fábrica de ropa de mi mamá. De adolescente ya diseñaba, confeccionaba. Ahí aprendí el trabajo con volumen, la primera formación con la realización, lo práctico. Y tenía facilidad para entender lo tridimensional.
Entonces…
Terminé la escuela secundaria, que detestaba, y entré a estudiar arte. Ambiente muy efervescente, de pleno reinicio democrático. Toda la cosa política y conceptual.
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"Kitchen, Nicola at work", 2007, Lambda Print. 120 x 160 cm, Series of six
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¿Cómo te llevabas con eso que para vos era toda una novedad?
Mi paso por la escuela de arte fue cero académico, muy experimental. Rosario, año 82’, 83’. Como había cambiado el staff universitario la escuela quedó en manos de los alumnos. Diseñábamos los programas, la institución era nuestra. Y los profesores estaban a tono con la época, muy abierta, poco académica. Más bien, la enseñanza fue contemporánea y práctica, cero erudita, distinta de lo que después vi que eran las escuelas de acá en Buenos Aires, donde el modelo académico es bastante regular, inamovible.
Se nota que a Nicola le interesa lo que hace, se la ve como a un orfebre, con cautela, con responsabilidad. Sus manos se mueven como cuando ovilla la lana. Al hablar parece ser neutral, no en enfatizar su criterio, sino más bien encontrar el punto justo y necesario que implique responder a las preguntas. No dar más de lo que se pide, de eso se trata su actitud, una mezcla de la antedicha orfebrería y el quehacer pobrero-industrial típico, escrito, filmado, históricamente evocado. Hay una nítida combinación de fuerza y técnica, de mano dócil e imaginación candente.
“Traía a la escuela obreros industriales que trabajaban con materiales nuevos, poliuretano, por ejemplo. Ayudaba, aprendía y después invitaba a la gente de las fábricas a explicar el trabajo con plástico, resina. Siempre tuve un vínculo con lo fabril, lo técnico. Con una base de producción seria, complicada, más bien de investigación técnica. Combinación de materiales, de herramientas, de métodos.
Toda la vida me gustó la mecánica, manejo algo previo que contribuye a la producción como artista. Para mí todo es natural. No sé, lo hice siempre como una búsqueda de perfección, soy una persona demasiado sacrificada, o muy exhaustiva en la forma de hacer.”
¿Cómo es la transpolación de tu época de estudiante a la actualidad para pensar en los jóvenes de hoy?
Ser artista hace 20 años era un sufrimiento, una excentricidad. Había una carga, una responsabilidad, una decisión muy comprometida. Era otro concepto. Ahora todos quieren ser artistas. Hoy, cuando alguien dice “quiero ser artista” puede aparecer como una postura. Ser artista es cool. No digo que sea fácil, hay miles que quieren y pocos que se destacan. Pero lo cierto es que el concepto es mucho más atractivo que antes, más prometedor,
todo es mucho más fácil, más global, más accesible. No tiene la carga de apostar a algo, eso ya no existe. No existe la búsqueda idealista del arte en los jóvenes.
Y no es que desvalorice el arte, pero lo hace diferente, lo distingue de otra época.
El punto clave sería tener en claro qué riqueza hay en lo que haces o querés decir, tener un mundo, un lenguaje. Me parece que ahí es donde está la maravilla del artista. A mí los mundos de los artistas jóvenes de hoy no me interesan, no me conmueven hasta me parece homogéneo, endogámico. No saben qué quieren hacer con su condición de artista. Eso pasa acá y en todos lados.
Parece todo demasiado escéptico…
Hay cosas que los jóvenes dominan muy bien. Lenguajes en la cabeza, soportes, técnicas. Cuando hago trabajo docente, o hablo con otros que lo hacen, me encuentro con lo interesante de intercambiar criterios generacionales. Y si me gusta un artista joven, me encanta ayudarlo. Como a Florencia Rodríguez Giles. En el Moca, en Barracas, hay una escultura de ella que me encanta. Hay cosas, no digo que no las haya.
¿Y más allá de la juventud?
Aceptación de cualquier cosa, mucho mercado, mucho consumo que no aporta, que pasa inadvertido ante mí. Hay más que movimiento, más posibilidad, pero eso no termina siendo no termina siendo necesariamente más interesante. Lo global va acaparando todos los ámbitos, entonces el arte se globaliza también. Cada vez hay más ferias, más bienales, más museos. Todo esto tendrá, por supuesto, sus contradicciones, sus partes interesantes y sus partes no tan virtuosas.

"Costurera" Inspirado en los primeros pasos de Berni |

"Nicola at the lake"- 2007. 160 x 120 cm. Edition of 6 |