Xul Solar    
 

Xul, esquina Borges

Cuando Borges se incorpora a la vida intelectual de Buenos Aires y se sumerge en las aguas de la bohemia literaria conoce a dos hombres que le causan una impresión profunda y que influirán en su obra: Macedonio Fernández era veinticinco años mayor que Borges -en realidad un íntimo amigo de su padre- y Xul, que le llevaba doce años. Según Isela M. Verdugo, "Borges admiraba a Xul Solar, él mismo lo reconoció abiertamente en muy diversas ocasiones, pero también es indudable que Borges, como Xul Solar, adquirió durante su estancia en el Viejo Continente una sólida cultura y se interesó igualmente por el estudio de la filosofía, el misticismo oriental y occidental, los lenguajes y la literatura".
Tanto Borges como Xul participaron activamente en la vida grupal que tenía su eje en Martín Fierro. Todas las crónicas y testimonios coinciden: paseos, debates e interminables veladas de discusión y polémica pero también de amistad y conversación sosegada, de largas caminatas por los barrios de la ciudad, banquetes, amores y odios, conforman un tejido de vida comunitaria en el cual ambos se sumergieron. En esa gran colmena creativa que era el Buenos Aires de los años veinte, ¿qué le atraía a Borges de Xul, además de su personalidad humana, que los hizo entrañables amigos?
Uno de los nexos que unía a Xul y Borges era el idioma alemán, que Xul había recibido como herencia de su padre y que había perfeccionado con sus lecturas y estudios durante su estadía en Europa. Como es sabido, Borges aprendió alemán mientras vivió en Ginebra y Lugano, y leyó a poetas expresionistas como Johannes Becher, Wilhelm Klemm, Ernst Stadler y August Stramm. El descubrimiento del expresionismo causó una honda impresión en Borges; ese movimiento contenía muchos de sus focos de interés en aquellos años: la magia, los sueños, las religiones y filosofías orientales, la búsqueda de una fraternidad del mundo... Ha señalado Borges que el expresionismo le gustaba más que el surrealismo y el dadaísmo, que le parecían frívolos, además de haberlo guiado hacia un precedente que se convertiría en uno de sus dioses: Walt Whitman. En el aislamiento de Suiza, Borges escribe artículos sobre estos poetas, los traduce y luego, cuando se inserte en la vida literaria de España y la Argenina, los hará publicar, convirtiéndose en su antólogo. Algo similar haría Xul Solar con otro expresionista alemán de esa generación, Christian Morgenstern, del que ofreció en el número 21 de la revista Martín Fierro una traducción al neocriollo. Mientras Borges llegaba en la soledad de Suiza a los expresionistas, en Munich Xul se sumergía-en los pintores contemporáneos de Der blaue Reíter, como Wassily Kandinsky, Franz Marc o Auguste Macke, o en el suizo Paul Klee. Era una generación, la de aquellos expresionistas alemanes, atravesada por la tragedia de la Gran Guerra, en cuyos campos de batalla murieron los poetas Stadler y Stramm y también los pintores Marc y Macke.
Es de suponer la impresión que deben haber experimentado tanto Borges como Xul al reconocer lo cerca que habían estado tanto geográfica como culturalmente durante los años que ambos habían transcurrido en Europa. El diálogo que desde entonces entablaron iba a durar décadas y sería interrumpido por la muerte de Xul.
Otro de los atractivos que Xul debía tener a los ojos de Borges era la biblioteca que había traído de Europa, integrada por unos trescientos volúmenes, en los que descollaban textos literarios, filosóficos y religiosos. Borges desde entonces se convirtió en un adicto a esa deleitable biblioteca, que Xul le abrió con generosidad, pagada con moneda noble hasta el fin.

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