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Una tarde en la Richmond
Durante los primeros tiempos en Buenos Aires, Xul Solar y Emilio Pettoruti se mueven en fuerte sintonía, aunque cada uno tiene un tempo y un ámbito personal diverso. Una de las primeras cosas que hacen es concurrir a la Richmond, pues allí se reúnen los jóvenes escritores, periodistas y algunos plásticos.
Florida 468. Confitería Richmond, una joya de la gastronomía porteña, tan abundante en cafés de tradición madrileña y vienesa.
Boiserie, puertas vidriadas con columnas de bronce, arañas holandesas de opalina, grabados ingleses en las paredes, camareros que ataviados con uniforme blanco, verde y negro llevan bandejas con generosas porciones de lemon pie o tarte tartin mientras en el recinto iluminado suena el allegro de La Primavera de Vivaldi, ejecutado por una orquestina.
No llega hasta esa capilla la agitación febril de la arteria que atraviesa como una vena maestra la ciudad. En una mesa que con el correr de las horas se va poblando de contertulios, se sientan quienes serán los nuevos compañeros de Xul Solar. Allí todo el mundo habla del número 4 de Martín Fierro, la edición de la revista que acaba de salir a la venta: un ejemplar, fresco de imprenta, pasa de mano en mano. Se trata de un periódico tamaño tabloide al cual todos parecen adjudicarle gran importancia porque trae "el manifiesto". ¿Un manifiesto en el número cuatro? Así es, no es la única originalidad de aquella revista cuyo lema era "¡En guardia los cretinos!"
Recibe a los recién llegados, con aires de dueño de casa, Evar Méndez, un hombre cordial, alto y delgado, con un mechón de pelo que le cae sobre la frente, de sonrisa franca y cálida. Tanto es así que a Xul y a Emilio les parece como si aquel hombre los hubiera estado esperando. Pero ¿quién es Evar Méndez? Poeta mendocino, editor y director de Martín Fierro. Fue la persona clave en la inserción de Xul Solar en el ambiente cultural de Buenos Aires.
Evar Méndez era el seudónimo del militante radical Evaristo González Méndez (1888-1955), a quien el presidente Marcelo Torcuato de Alvear había nombrado en el cómodo puesto de bibliotecario y jefe de publicaciones de la Casa de Gobierno. Una fotografía muestra a Evar ante una mesa en la que puede verse un frasco con engrudo y unas tijeras, por lo que no es descabellado suponer que la función de Méndez era pegar recortes de periódico. ¿Tenía conciencia Marcelo Torcuato de Alvear del aporte que hacía a la literatura argentina con semejante "acomodo" o todo fue el producto del azar? ¿Cómo era Evar? "Aire enjuto, de pierrot cansado, con su lunar, su austera contextura de poeta romántico", lo describió Norah Lange, señalando que al conocerlo se llevó una sorpresa porque esperaba encontrar a todo un ejecutivo. Aunque Evar Méndez publicaría algunos volúmenes de poesía de títulos crepusculares como El jardín secreto, Las horas alucinadas o Cinco baladas -con una inspiración modernista opuesta a aquella que patrocinó como editor, por lo que Carlos Mastronardi lo llamó "descendiente honorable de Rubén Darío"-, ha quedado en la historia cultural argentina como el editor de un momento irrepetible de la ciudad. Tenía antecedentes: había colaborado en revistas de arte o de teatro, en su mayoría fugaces, como Máscaras, Coemedia (que codirigía Oliverio Girondo), Hebe, Calle Corrientes, la anterior Martín Fierro, hasta que en febrero de 1924, luego de varias tentativas frustradas de las que sólo pudo salir a la luz una revista oral, consiguió poner en la calle el quincenario Martín Fierro. Evar Méndez era sólo un año más joven que Xul, de manera que tenía 36 años cuando se conocieron.
La publicación de la revista Martín Fierro fue el fruto de larga fatiga. La primera Martín Fierro (1904-05) la había fundado el publicista libertario Alberto Ghiraldo, poeta, novelista, dramaturgo, periodista de incansable labor en la prensa anarquista argentina. Aquella primera Martín Fierro fue una revista literaria semanal que llegó al número cuarenta; desde el número 31 fue suplemento cultural de La Protesta, histórico órgano de expresión del anarquismo argentino, cuyas vicisitudes corrían parejas con el movimiento del que era vocero. Durante algún tiempo, La Protesta salió como diario y en sus buenas épocas llegó a vender cien mil ejemplares. Antes y después había sido y fue semanario, mensuario, u hoja volandera, y a menudo, mero panfleto. La Protesta y Martín Fierro fueron dirigidos en aquellos años por el mismo Alberto Ghiraldo, detenido el 6 de febrero de 1905. La prisión de su creador fue el acta de defunción de la inaugural Martín Fierro. De las tres publicaciones con ese nombre, ésta fue la única que se ligaba con el contenido social del poema de Hernández. Colaboraron, entre otros, Roberto J. Payró, Florencio Sánchez, Evaristo Carriego y Macedonio Fernández.
La segunda y efímera Martín Fierro publicó con la conducción de Evar Méndez tres números entre 1919 y 1920: la revista en realidad era un pliego doblado en cuatro. Y, en febrero de 1924, salió el número uno de la nueva Martín Fierro, subtitulada "revista de actualidad sobre artes y letras".
Esta Martín Fierro, publicada entre 1924 y 1927, captó el aire del tiempo. Fueron cuarenta y cinco números que en teoría debían salir cada dos semanas, y que llegaban al lector al precio de diez centavos. No es que no existieran por entonces otras revistas literarias. Las había en profusión... La llegada al país de Jorge Luis Borges, un escritor de poco más de veinte años, tras larga residencia europea, había dinamizado el ambiente. Fue en 1921, y Borges, que conocía al dedillo las experiencias de la vanguardia poética española, de la cual era él mismo protagonista, consumó una revolución en el ambiente argentino. Fue entonces que publicó su primer libro, Fervor de Buenos Aires (1923). Pero Georgie, quien no tenía autonomía económica y dependía del padre para su supervivencia, debió acompañar a éste, gravemente enfermo de la vista, en un nuevo viaje a Europa. Como han señalado sus biógrafos, esta circunstancia demoró durante un año el proceso de inserción de Borges en el medio cultural porteño. Finalmente, Borges desembarca otra vez en Buenos Aires el 19 de julio de 1924, doce días antes de que lo hicieran Emilio Pettoruti y Xul Solar en el "Vigo". Puede decirse entonces que, con la Uegada de estos personajes, el elenco estaba completo y las iniciativas que iban a transformar la cultura de Buenos Aires se ponían definitivamente en marcha.
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