Susana Rodriguez    
 

Textos e imágenes extraidas del libro
Susana Rodriguez,

Los rastros de la carne

 
Mutación 1, grafito sobre papel, 70cm x 50cm, 1980
 
Mutación 2, grafito sobre papel, 70cm x 50cm, 1980
 
Raices, grafito sobre papel, 70cm x 50cm, 1982

Papeles en blanco. Un lápiz que comienza a recorrer, sin sentido, una superficie insinuante. La punta lastima; gira una y otra vez, sugiere, presiona, se detiene, vuelve a empezar. Las formas van alumbrando un dificil equilibrio entre grises y luces. Letras, alfabetos, grafias; filamentos, raíces, restos de algún objeto, de alguna sensación, hojas húmedas. Siempre el murmullo, la voz que va dejando huellas leves, casi imperceptibles. Por momentos la densidad de un follaje extraño lleno de color, de frondosas ausencias, de carnaciones presen ti das. Todo se apila, crece, se organiza caótico sobre planos que ceden al impulso de las tintas; fantasías de estos sueños de la vigilia. Los tonos se afirman, las hojas recuperan una forma arcaica, una presencia fantasmal. Rastros y escrituras, tallos y nervaduras, útiles y objetos que se repiten decididos, extremos, lentos.

Una tarde de verano. Un taller. Obras en el caballete, en las paredes, apoyadas en el piso y sobre la mesa de trabajo. Algo nace entre el calor y la humedad de una Buenos Aires que espía extraña pero constante. Susana Rodríguez propone un fulgor diferente. La violencia encuentra un soporte en sus vacíos, en sus textos que son puro significante, en sus vainas que son cuerpos (des)cubiertos en su carne jugosa y latente. El deseo puede deslizarse entre la sintaxis de sus oraciones dibujadas en blancos y negros, entre el muestrario de hojas ancladas en su animalidad e imaginadas en su sexualidad.

No hay convulsión, no hay gestos explícitos; sin contención las formas se enredan en una narrativa que asoma entre fisuras y puertas entreabiertas. La luz, el tiempo, el aire, la materia, un trazo que convoca lo que se calla, lo que se sospecha; un ojo que advierte, un mundo que se arriesga sobre el papel. Palabras puestas en formas inventadas; la cotidianeidad nombrada en imágenes que la soledad deja escapar.

Densidad, humor y tensión en lo orgánico. Universos simbólicos, un diccionario y un herbario, un catálogo de instrumentos, una manera que se entretiene en lo oblicuo, en la referencia indirecta, en el borde de lo reconocible, de lo esperado.

Desde 1977, las series de dibujos y de grabados se entrelazan y se asimilan en tiras interminables: la materialidad de la escritura, la sensualidad de telas y papeles arrugados, registros horizontales que acusan el aislamiento de sus partes, herramientas expuestas en su literalidad hogareña, raíces y hojas que sugieren el latido de lo que crece. Los blancos, siempre los blancos, esos vacíos que fijan nuestra visión y retienen nuestra melancolía. No hay sosiego; una línea, una transparencia, un movimiento, varios gestos para una vieja erótica que renace: el simple encuentro de una sensibilidad que contorsiona el mundo hasta atraparlo entre las hebras de un papel.

Hay paraísos perdidos y aromas que resuenan, hay otra vitalidad. Sobre el miedo se construye un mundo más tierno y amable y provocativo. No es necesario desafiar, no se trata de levantar la voz. Susana Rodríguez acciona inconsciente, sigue el instinto, no se traiciona, trabaja tina y otra vez, interviene en nuestra tranquilidad, violenta nuestra intimidad. "`Qué significa el erotismo de los cuerpos sino una violación del ser de los participantes? ;Qué significa sino una violación que limita con la muerte, con el crimen? Todo el erotismo tiene como fin alcanzar al ser en lo más íntimo, en el punto donde se desfallece."'

Sus cuerpos -letras y hojas- están expuestos, están caracterizados por la pesadez, por la destrucción de lo real, por la continuidad asegurada en la fusión de frisos que se quiebran constantemente; se confunden, se esconden, anuncian Una plenitud, Un acto de amor entre curvas y contracurvas que se acomodan, se acurrucan, se tocan. Estremecen, se prolongan, prometen un guiño en el desorden donde el ser se construye y se acepta en su disgregarse en el otro, en el encuentro, en la pasión y en la voluptuosidad. El silencio, el momento de la muerte y el alumbramiento, la fantasía que profana la inocencia. Su estrategia es la acción del crecimiento, de la sexualidad.

La serie de los útiles señala un paréntesis: instrumentos presentados en un orden de catálogo; la intimidad está en la carga de aquellas herramientas que el artista utiliza en su hacer diario. Las grafias primero y las hojas después, cuestionan, interfieren, su desorden vital es la reproducción de un organismo lanzado en su propia movilidad, en el exceso de su energía. Toda organización es aleatoria, es la incorporación de lo prohibido, de lo instituido, de lo pautado. La transgresión vuelve una y otra vez en los papeles de Susana Rodríguez, no como explosión súbita ni como decisión artística, sino como impulso vital, como erotismo primordial, como experiencia interior.

Desde los setenta pintar puede ser un anacronismo; dibujar y proponer grafias, una acción poco novedosa; estampar follajes sin dirección, indiferentes, excesivos, un riesgo decorativo; trabajar en el caballete y construir una poética figurativa, una decisión tardía. Una mirada superficial traiciona, elude, no acepta el riesgo. Hay imágenes dudosas, hay una obscenidad encerrada, una intimidad exhibida, un pudor que necesita complicidad. No hay espectadores sino la mirada que juega, el deseo que excede, la libertad que arriesga; la desnudez, la posición sugerente, la suspensión perversa, la penetración que excita, la carne que se expone, la confusión que perturba. Pintura para mirones; grabados para espiar; huellas furtivas; podemos tomarlas o dejarlas; quedarnos, observar, analizar, es sólo escapar y olvidar los tensores, alejar la zozobra, conservar las buenas costumbres y borrar los rastros. Las obras de Susana Rodríguez son instantes, heridas, fuego y aire que abrigan y alimentan alfabetos y bosques elocuentes en su inquietud.

Pliegues, tejidos, cavidades, cadenas de ramas, escrituras que cuelgan, órganos y vellosidades, cuerpos que desaparecen; trepa, asfixia, rodea, ata, enumeraciones caóticas para romper el aislamiento de tantas oraciones que ya se olvidan, para llenar el vacío de tantos papeles que sangran lentos y que alucinan una memoria doméstica; densidad íntima, soliloquio que espera.
"Anterior al tiempo o fuera del tiempo (ambas locuciones son vanas) o en un lugar que no es del espacio, hay un animal invisible, y acaso diáfano, que lo hombres buscarnos y que nos busca.

Sabemos que no puede medirse. Sabemos que no puede contarse, porque las formas que lo suman son infinitas.
Hay quienes lo han buscado en un pájaro, que está hecho de pájaros; hay quienes lo han buscado en una palabra o en las letras de esa palabra; hay quienes lo han buscado y lo buscan, en un libro anterior al árabe en que fue escrito, y aún a todas las cosas; hay quien lo busca en la sentencia Soy El Que Soy."'

Susana Rodríguez se mira. Sus papeles, sus caligrafías, sus ramas nos exhuman en nuestra larga búsqueda.

MARCELO E. PACHECO
Curador e investigador
Buenos Aires, otoño de 1995

1 Georges 13ataille: HI eio(isnin, Buenos Aires, Editorial Sur S.A., 1900, pag. 17
2 Jorge Luis Borges: La I utja bu,ia en "Los Coujurido, " Madrid, Alianza Editorial, 1985, pag. 79.

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