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Benito Quinquela Martín
Gerardo Brà
Nota publicada en Todo es Historia N° 177
En enero de 1977 moría Benito Quinquela Martín. Era el epilogo de una vida dedicada a expresar pictropicamente las escenas, el diario vivir y el singular pintoresquismo de La Boca del Riachuelo, un barrio al que su paleta proyecto mundialmente, con toda la vibrante estridencia de su colorido: Un lugar que, probablemente, estaría condenado a una permanente intrascendencia si su visión artística y su maestría no lo hubiesen interpretado y reflejado.
Este niño ha sido bautizado y se llama Benito Juan Martín
Por designios del azar
afianzaron en La Boca dos seres que, con el tiempo, llegaría
a conocerse y unircebajo el lazo conyugal: Ella, Justina Molina,
entrerriana de pura cepa, con sangre indigena en las venas, y
el, Manuel Chichella, inmigrante genovés. Esa mujer de
tez cobriza y ese hombre que apenas lograba darse a entender a
través de un castellano chapurreado, se unieron para siempre
e hicieron de La Boca el lugar donde pasarían el resto
de sus vidas. Quiso el destino que el matrimonio resultara infructífero
en cuanto a descendencia, y para obviar la ausencia de hijos,
reunieron a la Casa Cuna para adoptar a uno de los niños
bajo su amparo. Aproximadamente durante siete años atrás
- en Marzo de 1980 -, manos anónimas habían depositado
en torno de la casa de caridad un recién nacido envuelto
en suaves ropajes, con el agravado de la mitad de un pañuelo
con una flor bordada, cortado en diagonal, y un papel con la siguiente
leyenda: "Este niño ha sido bautizado y se llama Benito
Juan Martín". El misterio de la identidad de la mujer
que diera a luz a esa criatura y que indudablemente, fue su depositaria
en la Casa Cuna, jamás seria develado. Y, precisamente,
ese seria el niño elegido por él matrimonió Chinchella.
El matrimonio es uno de los tantos de los que habitan en la ribera.
Son pobres, y con grandes sacrificios logran un pequeño
capital que les facilita poseer un pequeño negocio de ventas
de carbón. El hijo adoptivo pasa a desempeñarse
como ayudante del padre en su rudo oficio de descargar pesadas
bolsas, hacer el reparto a domicilio y atender a la clientela.
Son tareas abrumadoras que exigen levantarse muy temprano, subir
y bajar por la pasarela del barco bajo el agobio de una carga
que no da resuello. Cansancio, sudor y monotonía son parte
de ese trabajo. Pero ello no impide que ese niño esmirriado,
al cual sus compañeros han apodado "Mosquito"
por su delgadez, sienta palpitar una vocación o una inquietud,
que lo hace distinto a los demás. En sus escasas horas
de ocio se dedica a dibujar, empleando trozos de carbón,
reflejado las escenas cotidianas de las que es protagonistas,
tomando como modelos a aquellos que como él fatiga sus
horas en la carga y la descarga...
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El
viejo Chuinchella descubre los dibujos y desaprueba enérgicamente
esa afición reñida con sus convicciones centradas
en la seguridad de ganar el pan por medio del músculo.
Pero
sus consejos no alegan los entusiasmos de ese niño. A escondidas
del padre y con el apoyo moral y material de doña Justina,
se anota en los cursos de dibujo pintura de una escuela nocturna.
Allí enseña el maestro Lazzari, que fue el único
maestro que tuvo en su vida, ya que Quinquela puede ser considerado
autodidacta. Además del reconocimiento que hizo de Lazzari,
Quinquela recordaría en el futuro la impresión que
le había causado en su momento la lectura de El Arte de Auguste
Rodn. Esa obra aclara sus experiencias sobre la facilidad o dificultad
en el arte "El arte ce fácil", escribió
Rodin, y tal premisa lo decidió a tomar el camino más
fácil. Y lo fácil era lo que lo rodeaba como motivo
de inspiración. La Boca estaba allí, brindando todo
un panorama pletórico de temas, de paisajes, de tipos localistas.
Todo eso estaba unido a su vida, como parte de su propio modo de
vivir. Lo único que faltaba era expresarlo, convertirlo artísticamente. |
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