volver a página principal


Florencio Molina Campos:
"De los almanaques a la perpetuidad"

 

Extracto de la revista "Sólo Líderes "- Primavera 2005; Nº 8- Pág. 52- 63
Por Lic. Kamala Bonifazi

 

 

El pintor Florencio Molina Campos era un verdadero Dandy, un exquisito que amaba la música clásica; mientras pintaba, en esas noches largas y silenciosas, se dejaba acompañar por las melodías de Beethoven, Bach, Wagner y Debussy. Sus retratos o caricaturas de paisanos que él llamaba «sus gauchos» lo han inmortalizado, por ello podemos afirmar que esa autenticidad con que definió sus rasgos más sobresalientes, lo transformaron en uno de los argentinos que mejor nos ha representado en el país y en el mundo.

Fue definitivamente la empresa Alpargatas la que lo lanzó a la fama y le otorgó promoción internacional al contratarlo para realizar sus almanaques anuales. De esta manera, su arte pudo estar al alcance de! pueblo. Una tras otra, cada exposición de Molina Campos era un éxito rotundo de público, pero para sus colegas contemporáneos era un mero ilustrador y de poco valor. Florencio exageraba los rasgos de sus paisanos y de su compañero inseparable: e! caballo. El lo hada siempre con mucho cariño, pero no faltó quien dijese que los ridiculizaba. Las críticas atroces y punzantes no hicieron flaquear a ese hombre polifacético y carismático que se había compenetrado como nadie con el alma del hombre de campo y su entorno. La observación aguda y e! insistente análisis de las actitudes y sentires de! hombre común, lo transformaron en su fiel interlocutor.

Sus primeros cuadros fueron realizados únicamente con tintas, luego desarrolló la acuarela y e! pastel, para encontrar después en la témpera, su medio predilecto. En 1943, comienza a usar frecuentemente el óleo cuando es contratado por la Empresa Minneapolis Moline Power Implement Corporation para ilustrar sus calendarios publicados durante quince años ininterrumpidos.

A través de Molina Campos «nos acercamos a los campos argentinos, aquél de la lucha con el malón de ayer y al de los alambrados de hoy, a las pulperías, al caballo cimarrón y al domado por el gaucho, a personajes singulares sin épocas, con valores que permanecen inalterables desde siempre como e! honor, e! sentimiento glorioso de la libertad y la hospitalidad».

Sus obras por lo general eran pequeñas, de treinta y cinco por cincuenta centímetros, pero también realizó otras de grandes dimensiones como las que se encuentran en Austin, Texas, en su formto preferido: el apaisado. Otra obra que merece ser desracada por su singularidad es la que realizó en las rres puerras del placard de su departamento -hoy exhibidas en el Museo Molina Campos- donde, abarcandotoda la superficie, pintó un magnífico camino de campo.

Rafael Squirru ha sido el primero en rescatar su legado extraordinario afirmando: "Con él y ante su obra suscribimos aquello que el tiempo, juez implacable del arte, Lo ha ubicado en el alto sitial que merece».

SU INFANCIA, JUVENTUD Y AÑOS DE EXITOS

Florencio de los Angeles Molina Campos nació en Buenos Aires un 21 de agosw de 1891. Fueron nueve hermanos, él era el mayor de tres varones, sus hermanas eran bordadoras y los nueve tenían como segundo nombre Los Angeles porque así se llamaba la estancia que doña Josefina, su madre, poseía en la localidad del Tuyú, Partido de General Madariaga, Provincia de Buenos Aires.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde pequeño Florencio sintió que su verdadera escuela era la naturaleza y el campo argentino. Nada hacía disfrutar más al pequeño que esas vacaciones en la esrancia. El capataz se llamaba Tileforo Areco y fue el gran personaje de sus cuadros. A los nueve años, ya demostraba su pasión por el dibujo. Desde aquella época "Comenzó a coLeccionar gestos, a adentrarse en su alma las distancias, los cielos, los animales, los pastos puna, Los montes de tala, Los arroyos y fue entonces cuando comenzó a dar vida a sus paisanos». Podemos decir que esa infancia vivida en esa estancia del Tuyú habría de marcarlo a fuego. Empiezan a gestarse en él las definiciones más exactas del gaucho: "Parco en su lenguaje, sin ademanes exagerados, con razonar responsable, andariego, hábil jinete, tanto que no sabía moverse desmontado " caminaba con cierta trabazón de movimientos, como el marinero en tierra firme.»

Fueron años de infancia y juventud gloriosos. Más tarde se rrasladó con wda su familia a La Matilde en Chajarí, Entre Ríos. Pero la alegría duró dos años ya que todos sus sueños se esfumaron cuando falleció su padre. Debido a los problemas económicos debió buscar trabajo en Buenos Aires y comenzó a trabajar en Correos y Telégrafos, pero ese trajinar no logra apartar de su mente la apacible vida rutinaria. Años después contrae enlace con María Hortensia Avellaneda, para separarse cuatro años más tarde. Pero el fruto de esa unión es su adorada hija Pelusa con la cual Florencio tuvo una excelente relación, pese a haberse separado de su madre cuando ella tenía sólo un año de edad.

En la localidad de San Antonio de Areco entabló amistad con el escritor Ricardo Guiraldes. pero por cuestión de afinidad reconoce que un adorado amigo fue Alberto, el pintor de lo Guiraldes.

Un éxito arrollador lo espera en su primera exposición en Palermo. El por entonces Presidente de la Nación, Marcelo T. de Alvear adquirió dos cuadros se transformó en su amigo dilecto y fiel admirador. De otro grande de la pintura argentina, Benito Quinquela Martín, recibe a carta de puño y letra onde dice: «FLorencio Molina Campos tiene una gran personalidad. No se parece a nadie. Su poder grotesco tiene el poder de arrancar la risa. Eso no es poco en un artista».
Lo convocan para exponer en Mar del Plata . AlIí conocería al otro amor de su vida. La ocasión se dio en la galería donde nuestro pintor estaba exponiendo sus obras. Mientras Molina Campos miraba como quedaban sus cuadros colgados, entraron al lugar cuatro jóvenes mendocinas. Una de ellas se sintió especialmente atraída por esas pinturas y su interés se trasladó también al pintor. Se llamaba Elvirita Ponce Aguirre y años después contrajeron nupcias para no separarse más, hasta sus últimos días.

En 1930, años en que la vida le sonreía, Alpargatas lo contrata para ilustrar sus almanaques anuales. Nunca antes un artista argentino había tenido tan rápida promoción a nivel popular e internacional.


Algunos años después, aceptó el contrato que le propuso el Presidente del Directorio de la Empresa Shell quien confiaba en vender más con el humor tan especial de Molina Campos.

Sus viajes al exterior son ahora cada vez más frecuentes, moviéndose de Alemania a Estados Unidos. En una ocasión, mientras él estaba en Alemania, Walt Disney y su equipo de dibujantes se presentaron en su casa. donde fueron cordialmente recibidos por Elvirita. quien sabía de la admiración de Florencio hacia Disney y que uno de los sueños de su esposo era que sus gauchos fueran lIevados al cine. Walt Disney le rogó que lo llevara al taller donde se daba origen a esos personajes tan exóticos para él y enseguida lo convocó para que fuera su asesor privado en la fmura película que realizaría sobre vida y costumbres de los habitantes de América del Sur. Elvirita, adelantándose a lo que contestaría su esposo, le dio una respuesta positiva.


Al día siguiente, le preparó una gran fiesta campestre con asado, danzas típicas, domas y juegos de campo que dejaron maravillado al cineasta. El paso siguiente fue encontrarse en California. donde Walt estaba proyectando Disneyworld. Allí, Disney invita a la pareja a una noche de gala en el Metropolitan Opera House, donde Molina Campos comprueba con sorpresa que lo estaban esperando para saludarlo Charles Chaplin y su encantadora esposa Oona O'Neill. Otra personalidad que conoció en ese viaje fue Nelson RockefeIler, quien lo invitó a su magnífico King Ranch de Texas. Hoy su familia es propietaria de una de las colecciones más grandes de Molina Campos.

Tiempo después Disney le pidió que viajara nuevamente a Estados Unidos para observar el material para la película gestada en aquel primer encuentro. Nuestro artista se desilusionó tanto al verla que le preguntó a su amigo porqué no lo habían llamado antes. Walt no supo qué responder. A pesar del empeño que puso luego en tratar de reflejar la auténtica realidad de los gauchos argentinos no logró arreglar el disparate provocado por la desinformación cultural. Más tarde comentó: « Todos mis consejos, mi paciencia, mi perseverancia y mi trabajo no fueron suficientes para convencer a los productores que un gaucho no es la misma cosa que un charro mexicano.»

En uno de sus últimos viajes, estando Molina Campos en los estudios Paramount, se cruzó con Fred Astaire a quien le enseñó los pasos del malambo en un día de sol y no bajo la lluvia.

En el año 1953 se instaló nuevamente en la Argentina y se fue a vivir con su mujer al rancho Los Estribos en la localidad de Moreno: ese entorno apacible era su sosiego, lugar donde permaneció muchos años,

Antiguo concurrente de las tertulias de la Asociación «La Peña» que funcionaba en el legendario café Tortoni de Avenida de Mayo en Bueno Aires, muchas \veces llevaba us discos preferidos compartiéndolos con sus amigos entrañables: Benito Quinquela MartÍn, Juan de Dios Filiberto, Alfonsina Storni, Femán Félix de Amador y tantos otros. Luego de una actividad creadora e incesante desapareció físicamente un 16 de noviembre de 1959, en la ciudad de Buenos Aires. Hoy sus obras se encuentran en numerosas pinacotecas privadas y en museos europeos y americanos.

Como conclusión podemos afirmar que la obra de Molina Campos posee «la virtud de la trascendencia y la autenticidad, la identidad nacional acuñada en los genuinos arquetipos tradicionales, transformándose en patrimonio invalorable del arte de los argentinos», Un arte que perdura más allá de las modas y los cambios históricos y sociales provocando una sonrisa, una reflexión o el emocionado encuentro con nuestros valores más ancestrales y rotundos.

 

.

 

 

 

 

 

Testimonios inéditos de Pelusa, su única hija

A los ochenta y cuatro años, su única hija, Hortensia Pelusa Molina, aún conserva en su memoria recuerdos vívidos de su padre Florencio y en forma privilegiada, pudimos escuchados de sus propios labios: «A mi padre le gustaba estar en familia, y frecuentemente iba a lo de mi abuela materna, donde también se reunían sus seis hermanas. En esa época ya se había separado de mi madre y yo lo iba a visitar allí los sábados a la tarde. Un divorcio a principios del siglo pasado no era algo tan liviano como lo es hoy. Me trataban como una princesita. Recuerdo nues([os partidos de Ludo, las sesiones de cine casero en un proyector Paté Baby que él me había regalado, con películas de Harold Lloyd, Carlitos Chaplin, etc. Usé ese proyector y sus películas medio siglo después para animar las primeras fiestas de cumpleaños de mi hijo Gonzalo, que ahora lo guarda entre sus objetos más preciados, y lo hace funcionar de vez en cuando para regocijo de algún fanático que sepa admirar esas reliquias.

Con el paso de los años, los programas vanaron, y se convirtieron en almuerzos en Importantes restaurantes donde ya lo conocían y, con su humor habitual y en su estilo, solía hacer caricaturas de algún presente, que luego le obsequiaba.

En una ocasión el presidente Alvear, ferviente admirador de su obra, lo visitó en una exposición en la Galería Witcomb de Mar del Plata. Luego lo nombró profesor de dibujo en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda (que había sido el abuelo de mi madre, María Hortensia Palacios Avellaneda). Esa cátedra la tuvo durante años y es muy agradable cuando, en alguna exposición a la que concurrimos con los productos de F. Molina Campos Ediciones, se acerca a nuestro stand algún ex-alumno, que tiene generalmente jugosas anécdotas. Uno de ellos contó que mi padre lo echó de la clase porque "con las uñas sucias no podía nunca ser un artista". Don Hugo Bassi nos contó que por el año '35 había un alumno de apellido Gulisano que a mi padre lo sacaba de quicio porque no utilizaba las dos carillas de las hojas. Cierto día parece que se enojó y le dijo "Gulisano, para usted voy a inventar el papel de un solo lado ".

Tenía un humor permanente, pero, como todo el mundo, en ocasiones perdía la paciencia. En cierta ocasión, según nos contó Don Tito Hiriart, mi padre había sido invitado como conductor de una jineteada en la localidad de Francisco Álvarez. Estaba sobre una tarima, micrófono en mano, y en determinado momento debía presentarse un personaje de la zona, don Santiago Roca. Y mi pa­ dre, cansado ya de vocear su nombre, murmuró bajito, pero con el micrófono abierto: ';-Pero dónde se habrá metido este viejo ... !", lo que por supuesto provocó la carcajada de todos los presentes.

Mi padre era aficionado a la música clásica Chopin, Ravel, compositores rusos, sobre todo le gustaban aquellas melodías marciales, a toda orquesta. En cierta ocasión, Alberto Williams le dio unas partituras y papá las hizo interpretar en Estados Unidos.

Como todos saben, conoció a Walt Disney, quien lo contrató para colaborar con él en tres películas. Vivió pues en California y tuvo la oportunidad de rodearse con personalidades del cine. Como era un tipo muy divertido, centro de toda reunión por su chispa y humor, y además una personalidad en el arte, dejó una profunda huella en los Estados Unidos. En una reunión le enseñó a Fred Astaire nuestro zapateo, nuestro malambo. Agasajó a nuestros polistas cuando fueron a jugar allí; de ahí que pintó temas de polo. Estando en Argentina me llevaba a ver los partidos y me hizo conocer a Andrada y su equipo. No recuerdo los nombres pues yo tenía entonces diez años.

El dolor más grande que sufrió en su vida fue cuando murió mi abuela, su madre, en un accidente en Córdoba.»