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EL ÚLTIMO SAQUEO
Extracto de la revista "Descubrir el arte" Nº 53, pag. 44 www.revistaarte.com
"Las imágenes del expolio del Museo Arqueológico de Bagdad, ante
la pasividad de los soldados norteamericanos, son el triste final de años de pillajes
que han logrado vaciar los museos iraquíes"
JOAQUÍN MARÍA CÓRDOBA
Director de la Misión Arqueológica Española en Telt Mahuz, Irak
El pasado día 11 de abril, nada más terminar la guerra
de Irak, las agencias de noticias transmitían la siguiente información: "Los saqueadores
asaltan sin oposición el Museo Arqueológico de Bagdad". En los días siguientes
se irían desmenuzando detalles, nunca claros pero no menos terribles, del bárbaro
pillaje y la culpable inoperancia despectiva de las fuerzas estadounidenses emplazadas
en las inmediaciones. Las primeras fotografías de sus almacenes asaltados, de
baúles reventados y anaqueles vacíos, de esculturas abatidas y rotas producían una
congoja difícil de explicar con simples palabras, una tristeza aumentada por el
apocalíptico incendio de la Biblioteca Nacional, por el saqueo de otros museos
provinciales, por el previsible pillaje de los miles de yacimientos y ruinas monumentales,
dejados a su suerte por el hundimiento del régimen iraquí y la incapacidad interesada
y cómplice de las tropas ocupantes.
Estas noticias han conmovido al mundo de la cultura y del arte, en general, porque
el Museo Nacional o Museo de Irak es uno de los más importantes de Oriente y, desde
luego, en cuanto a lo que se refiere a la arqueología mesopotámica, el más relevante
del mundo, mucho más que el. Louvre, el Vorderasiatisches Museum de Berlín o el
Británico, pues si carece de las amplias colecciones de relieves y obras excelentes
en éstos depositadas durante el siglo XIX y comienzos del XX, la colección de Bagdad
era, sin embargo, muchísimo más numerosa y equilibrada, pues cubre magníficamente
todas las épocas de la cultura humana en la región. En el catálogo de 1975 se citaba
un número superior a las 100.000 piezas, pero entre esa fecha y la actualidad,
fácilmente podemos suponer casi doblada la cantidad. Las dos o tres mil elementos
guardados en el viejo edificio de la calle Ma'mun a finales de los años veinte
se multiplicarían milagrosamente, merced a las leyes inducidas por Satti al Husri
en defensa del patrimonio nacional iraquí, hasta convenirse en una colección que
provocaba asombro, en el nuevo edificio inaugurado en 1966.

Un paseo por sus salas nos retrotraía a la historia
de la arqueología en Oriente. En la planta superior encontrábamos la memoria remota
de Shanidar, de las culturas prehistóricas de Jarmo, Hassuna, Tell es Sawwan —y
las excavaciones de Abu as Soof—, de Samarra, Halaf y Obeid-Eridu —con el recuerdo
de Fuad Safar y S. Lloyd—, antes de entrar en el mundo de la I Urbanización de Uruk
–con su Dama de Warka–, la cultura de las ciudades-estado sumerjas –con parte de
los hallazgos de L. Woolley en el cementerio de Ur–, las esculturas sumerjas del
Diyala y los recipientes de bronce, tablillas, cerámicas, sellos, placas en bajorrelieve
y decenas de objetos sorprendentes, apenas vistos en los libros más comunes que
repiten, hasta la saciedad, las mismas imágenes de los museos occidentales. Luego,
se pasaba a la gran sala que recogía la cultura de la época acadia –con esculturas
de bronce, como la bellísima y conocida cabeza de un rey y sellos cilíndricos
únicos–, de la III Dinastía de Ur y del Periodo Isín Larsa, con los leones de terracota
de Tell Harmal –excavada en 1945 por Talla Baqir–, donde también se hallaron tablillas
matemáticas que desarrollan problemas y soluciones semejantes a las propuestas
después por Euclides. Luego, la visita continuaba bajando las escaleras y, tras
pasar ante una reconstrucción in situ de la fachada del templo casita en el Eanna
de Uruk, se penetraba en la gran sala de los enormes relieves y colosos asirios,
fundamentalmente integrada por los hallazgos habidos en Jorsabad, con ocasión
de las excavaciones de G. Loud y las posteriores iraquíes, además de otros monumentos
diversos y esculturas procedentes de Nimrud y otros lugares.

Otros tesoros. Dejando atrás la gigantesca sala de los relieves,
nuestros pasos volvían atrás para continuar en la dedicada al periodo de Mitanni
y Asiria Mecha e Imperial, donde se conservaban documentos tan importantes como
una de las copias de la Lista Real Asiria: luego, una enorme con cientos de los
célebres Marfiles de Nimrud —hallados por M.E.L. Mallowan— y objetos diversos:
cerámicas, sellos cilíndricos, joyas, tablillas y estelas de la Babilonia de Nabucodonosor
y la época posterior parto-seléucida. De aquí se entraba en
otra sala enorme, llena
de esculturas, relieves y documentos varios del periodo parto y la ciudad de Matra
—desvelada por W. Andrae primero y Fuad Safar, después—. A continuación, una sala
superior reunía materiales diversos del periodo sasánida; se pasaba a otra, enorme,
dedicada a cerámica, vidrios, joyas y numismática islámica y, tras bajar nuevamente
a la planta inferior, se cruzaban las dos que exponían monumentos muebles y fragmentos
arquitectónicos del Islam clásico y otomano, con nombres tan evocadores como Samarra,
Bagdad, Kerbela y Mosul.
Acabada la visita comprendíamos que, con toda su riqueza, la abundante selección
expuesta era, sin embargo, una pequeña fracción de los fondos reales. Por eso,
como ocurrió con el llamado "Prado disperso", con fondos del museo bagdagí se fueron
dotando los núcleos básicos de la red de museos construidos por el Gobierno en
cada una de las capitales de provincia de Irak. Porque la arqueología y la recuperación
del patrimonio histórico se convirtió en uno de los orgullos científicos y académicos
del país, tanto más cuanto tras la nacionalización del petróleo, la economía iraquí
empezó a contarse entre las más desarrolladas de la región. Por entonces, los más
de 12.000 sitios señalados en la Carta Arqueológica de Irak recibían la protección
del Departamento fundado por Satti al Husri, que tenía ya un presupuesto de 800.000
dólares, 28.000 obreros especializados, 500 vehículos asignados y cientos de arqueólogos,
restauradores y científicos diversos, museos dotados con laboratorios y bibliotecas
y medios económicos y académicos para que, además de cursar estudios en el país
en centros reconocidos, los especialistas pudieran realizar pos-grados en universidades
de Alemania, Inglaterra o EEUU. La cooperación con el Instituto Arqueológico Alemán,
el Instituto Oriental de Chicago, el CNRS francés, el Museo Británico y muchos
otros centros aseguraba la presencia de misiones y estudiosos extranjeros, manteniendo
a Irak y a sus científicos en el marco normal de la ciencia internacional.
Impune
saqueo. Pero esa situación iba a desaparecer, porque entre guerras, bloqueos y
saqueos, la desgracia se cebaría con el legado de quienes construyeron la ilusión
de un museo nacional y con la labor de sus herederos. A comienzos de los años ochenta,
con motivo de la guerra con Irán, los planes de modernización y reorganización de
los criterios expositivos quedaron en suspenso, y la mayoría de las piezas exhibidas
sería embalada y depositada en los almacenes para su custodia: el Museo quedó
cerrado a las visitas, manteniendo sólo la actividad investigadora. Pero cuando
la finalización de la guerra permitió reabrirlo, y cuando todo parecía sugerir que
la rehabilitación y modernización prevista podría comenzar, la ocupación de Kuwait
y el inmediato conflicto bélico precipitaron la etapa cuyas consecuencias lamentamos
hoy. La primera desgracia fue la convicción del Gobierno de que finalmente no se
producirían bombardeos sobre Bagdad, pues cuando éstos empezaron atacando el cercano
Ministerio de Telecomunicaciones, los materiales continuaban expuestos, y muchas
vitrinas se rompieron saliendo despedidos los objetos. La evacuación se hizo apresuradamente,
envolviendo millares de piezas en el material que se encontró entonces, con la
esperanza de que la guerra y sus efectos no habrían de durar sino meses. Muchos
objetos frágiles fueron envueltos en algodón o esponjas, y depositados en baúles
metálicos en los almacenes del Museo, a la espera de su devolución a las salas
tras el conflicto. Pero al finalizar la guerra sobrevino el saqueo de todos los
fondos de cinco museos provinciales, así como el robo de piezas selectas en otros.
Miles de objetos catalogados entraron sin problemas en el comercio ilegal de antigüedades,
alimentando un tráfico internacional e incontrolado, especialmente activo en Suiza,
EEUU, Gran Bretaña, Japón, Alemania, Israel y Francia. Las llamadas de ayuda a
la UNESCO y a los organismos internacionales no tendrían efecto alguno, preocupados
todos por evitar el desagrado de
algún miembro del Consejo de Seguridad. Por ello,
la inseguridad aconsejó mantener el cierre y el almacenamiento de los fondos, pero
el embargo iniciado en agosto tendría además otros efectos inesperados: rotura
de los sistemas de refrigeración y los de temperatura controlada, humedades y
por el prolongado depósito de piezas embaladas con materiales provisionales, la
degradación de miles de objetos de marfil, madera, pergamino, piedra o metal, que
no pudieron ser restaurados, pues durante doce años, estuvo –y está– prohibida
la importación de productos químicos imprescindibles para la restauración como
ácidos, cetonas, alcoholes, disolventes, resinas, polivinilos, fibras de vidrio
e incluso pegamentos químicos (léase, y no es una exageración, nuestro entrañable
Pegamento 'medio). Y más aún, las dramáticas consecuencias del bloqueo en la población
rural, sumado a la pérdida de control del Gobierno en el norte y el sur, señalarían
el comienzo del más gigantesco expolio de miles de yacimientos arqueológicos, ruinas
y monumentos de toda la Historia: documentado está hoy el robo de los relieves
asirios de Nínive, de esculturas y relieves de Hatra, relieves de Nimrud y Jorsabad,
así corno la aparición en el mercado internacional de miles de objetos sumerios,
tablillas, joyas de todas las épocas, fragmentos de relieves, manuscritos...Los
especialistas han podido constatar que un 90% de las antigüedades mesopotámicas
que se movían por el comercio era fruto del expolio de Irak. Eso, antes de la guerra.
Lo que pueda suceder ahora, ni se sabe. A las pocas semanas de la invasión angloamericana
de Irak, la UNESCO, mansa comparsa durante los doce años de bloqueo destructivo
—no fue capaz de enviar siquiera una misión investigadora a Irak—, convocó una reunión
en París, llena de inútiles declaraciones altisonantes y datos erróneos. Mas, poco
a poco, vamos sabiendo de declaraciones expresas de los responsables del Museo,
que verifican el desastre, reconociendo al tiempo no estar en condiciones de señalar
todavía ni la cantidad total ni la naturaleza de los bienes robados, habida cuenta
del desorden introducido en los almacenes y la destrucción de los archivos. Y aunque
las autoridades estadounidenses empezaron a minimizar la desgracia, o incluso
a sugerir que los mismos responsables habían escondido las antigüedades, la verdad
continúa abriéndose paso. Y es una verdad desastrosa, que además nos pone ante
los ojos la brutalidad de doce años de embargo, de cobarde e irresponsable conducta
de los organismos internacionales responsables del Patrimonio de la Humanidad y
de la represión de la mafia del comercio ilegal de antigüedades. Pero, ¿cómo hemos
llegado esta realidad? Durante doce años, las denuncias oficiales y las llamadas
de institutos científicos y conferencias a actuar contra el saqueo del patrimonio
de Irak no han tenido efecto. En los mercados de Londres y Nueva York, entre otras
ciudades, en museos de Inglaterra, EEUU e Israel han aparecido piezas catalogadas
y robadas a museos o monumentos visitables, y se registran otras que son fruto evidente del expolio ilegal de los yacimientos. Las más de seis mil piezas robadas en cinco
museos provinciales en 1991, aún documentadas y denunciadas a UNESCO e Interpol,
jamás han sido recuperadas. Las reclamaciones del Gobierno iraquí, sus embajadas
o la Dirección de Antigüedades han sido en su mayor parte rechazadas o simplemente
ignoradas. Y así, la impunidad más absoluta ha protegido a los comerciantes internacionales
del tráfico ilegal, cuya arrogancia ha crecido pareja con sus beneficios.
El asalto
al Museo Nacional ha sido intencionado, organizado y medido. Junto a rateros y
saqueadores comunes en cualquier desgracia colectiva, grupos bien informados sabían
a dónde iban, dónde tenían que destruir los ficheros y por qué. Entre las imágenes
de piezas arrancadas, almacenes abiertos y sarcófagos rotos se puede seguir el
rastro sutil de las mafias internacionales. Y en la tristeza y desesperación de
los responsables iraquíes, en la vergüenza y la rabia de los profesionales europeos
y de otros ámbitos, que —corno yo mismo— conocemos el Museo y la paulatina destrucción
de su patrimonio durante estos doce años se asienta la convicción absoluta de nuestra
impotencia, y la certeza de la inanidad responsable de los organismos llamados
a proteger el patrimonio de la humanidad. Si volviésemos a pasear por las salas
del Museo, la visita sería ahora muy distinta. Dicen que faltan obras de arte que
son referentes de nuestra infancia, de nuestros años de estudiantes, iconos de la
cultura de todos los tiempos, corno la Dama de Warka, la cabeza de bronce de un
Rey acadio, muchos marfiles de Nimrud, las cabezas de no pocas esculturas de Hatra,
pequeñas esculturas y relieves, joyas y monedas, sellos y cientos de tablillas con
la ciencia, el pensamiento y la cultura de nuestros antepasados mesopotámicos. ¿Quién
puede saberlo con certeza hoy? William R. Pollo, director de la Fundación W P Carey,
escribía en La Vanguardia el pasado 22 de abril, dando cuenta de sus inútiles esfuerzos
por convencer a la dirección del Museo de comenzar la evacuación. Alegaba que
el 9 de marzo todavía estaba todo in situ, y que la dirección le dijo que nada
podía hacer ya ante los bombardeos. ¿Quiere esto decir que los responsables no
tomaron las medidas adecuadas? Estoy seguro de que lo hicieron, como también de
que se sentían solos, sin medios, sin esperanza. Tras varias guerras, tras doce
años de embargo que tanto les ha afectado también a ellos y a sus familias, sumidos
en el abatimiento. Pero como cualquiera que haya traba- jado en Bagdad y conozca
a los profe- sionales iraquíes, estoy seguro de que incluso entonces y bajo las
bombas, conservadores, estudiosos y operarios debieron hacer lo posible por proteger
su patrimonio.Y que una de las razones de la inicial desorientación sobre lo robado
debe ser la apresurada instalación en los almacenes de todo lo que pudieron retirar.
Conozco personas que durante estos años han dado testimonio constante de su amor
a la ciencia, a la historia y al legado de los siglos. Conozco incluso a alguno
que ha dado muestras de verdadero heroísmo. Y estoy seguro de que ahora se han
portado como siempre. Pero han estado solos, y el derecho internacional les ha
dado la espalda. Lo malo es que, aunque no nos hayamos dado cuenta, resulta que
también nos ha dado la espalda a nosotros. Y paradoja dramática es, sin duda, que
no pocas de las tablillas robadas contengan las primeras leyes de la Historia,
el primer documento jurídico de la cultura forense, las primeras declaraciones
de derechos y deberes de la humanidad. Una curiosa y sarcástica paradoja.
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