Jorge de la Vega
   
 


Bohemio en Hi-Fi,1962. Oleo s/ tela, 88.5x115 cm. Colección privada


Asfixia por ascensión rápida,1962. Oleo s/ tela, 115x88.5 cm. Colección privada


Juego Peligroso, 1962. Oleo s/ tela, 195x128.5 cm. Colección Marta y Ramón de la Vega. Cortesía Ruth Benzacar Galería de Arte


Vacío,1962. Oleo s/ tela, 161.5x259 cm. Colección Marta y Ramón de la Vega. Cortesía Ruth Benzacar Galería de Arte

 

Jorge de la Vega, desde los espejos
por Marcelo E. Pacheco

"Yo temo ahora que el espejo encierre
El verdadero rostro de mi alma, Lastimada de sombras y de culpas,
El que Dios ve y acaso ven los hombres"
Jorge Luis Borges

"Jorge de la Vega, de chico, hubiese roto un piano para hacer un violín. Ahora rompe la pintura para contar la realidad. No importan las roturas sino el canto, que es una nueva construcción y una nueva realidad."
Hugo Parpagnoli

Los límites, el rescate, los vencedores, juego peligroso, vacío, zoo íntimo, la indecisión, los defensores, la memoria, intimidades de un tímido, caída de conciencia, Mr. Músculo, Rompecabezas.
Jorge de la Vega (1930-1971) y el despliegue de una narrativa pictórica, una vitalidad comprometida, un deseo encerrado entre animales y espejos, entre sonrisas televisivas y rompecabezas en blanco y negro. Un juego peligroso y los límites que rompen la pintura y resguardan las intimidades.
Las imágenes crecen confusas, las palabras regresan cargadas, el pintor ejercita la memoria y multiplica los reflejos. De la Vega insiste sobre la realidad, sobre esa frontera espesa que se dilata, que se mantiene firme en su fragilidad y en su desconcierto. Buenos Aires brilla entre el pop y la televisión, entre el Instituto Di Tella y los sixties. De la Vega, acorralado, trabaja de tarde en tarde, busca fichas de nácar, piezas de madera, monedas,




salpicados y planos de color, gatos y elefantes, ratones y vampiros.
En la ciudad se agitan las presencias tangibles de Juanito Laguna y Ramona Montiel. Antonio Berni exhibe su informalismo de villa miseria y encuentra un soporte eficaz para su narrativa de marginalidad y deshecho. Alberto Heredia expone sus Cajas de Camembert traídas de Europa: una retórica diferente, una audacia necesaria entre el erotismo y la violencia. Rubén Santantonín presiona sobre el objeto y alumbra la cosa muda e inquietante, fabrica mordazas de cartones, comprime lo real y atraviesa el límite. Kenneth Kemble propone la destrucción y acelera sobre los mirones adormecidos, pega chapas y desperdicios. Aldo Paparella acecha con sus maderas y sus metales, construye artefactos y muebles inútiles, sugiere un caos lento y cotidiano, un orden sin autoridad, una irracionalidad sin imperativos. El fantasma de Alberto Greco pasea señalando la realidad con la ayuda de una tiza y cortando con el filo de una pregunta diferente.
Los artistas luchan por una radicalidad perdida, se cobijan en las modas internacionales para desmembrar, desde adentro, los marcos de referencia. El impulso original del Informalismo, los gestos de la Nueva Figuración, las propuestas del Pop y las utopías de una generación que presiente su sacrificio y asiste a su propia inutilidad frente al poder.
Desde los cincuenta Buenos Aires soporta la rebeldía de unos cuantos francotiradores. No hay pintura, no hay escultura; no hay exposiciones con cuadros colgados, no hay imágenes para el ocio de espectadores despreocupados. Un nuevo intento, regresan las ceremonias secretas y el arte de trinchera, alguién recuerda el golpe decisivo de Lucio Fontana contra la tela. Sus ecos persisten.
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