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Arte y Locura
Lo representable - Lo irrepresentable
María Cristina Melgar
Ed. Lumen
¿Es posible abstenerse de una relación que desde los inicios cuestionó el horizonte del pensar psicoanalítico y que hoy sigue interrogando los límites del saber y los alcances del deseo para abordar lo más desconocido o lo más terrorífico y angustiante o lo que nunca tuvo inscripción? El psicoanálisis ¿no intenta acaso darle narración dramática, encarnada en la transferencia, a la inacabable dialéctica entre repetición y creación, entre destino y liberación, entre la evocación del pasado y los actos que ponen en movimiento nuevos pensamientos?
La experiencia analítica aspiró a descubrir los elementos incluidos en el conflicto inconsciente, al dar nuevas visiones de la interioridad, liberar al futuro de los destinos del pasado y permitir ese específico placer de sentido que es propio del psicoanálisis, cuando la representación inconsciente se encuentra con la palabra, con el afecto y con la experiencia que condujo a la instalación de la defensa, accediendo así a la conciencia. No obstante la importancia que la clínica y la teoría psicoanalítica les han dado a la representación inconsciente y a sus movimientos metafóricos y metonímicos en la función de representabilidad que tiene la psique, el psicoanalista pudo percibir que lo más extraño e inquietante, lo que no tiene palabras porque es sólo silencio y ausencia de representación tiene también una función específica. Una acción que se opone a interpretaciones globalizadoras, sintetizadoras y unitarias de la vida, y que acerca la experiencia psicoanalítica al espíritu desgarrado, fracturado y poco coherente que, como señala Pontalis, es el hombre.
La práctica desafió el énfasis en darle al presente de la repetición transferencia) sólo versiones más verdaderas y confiables del pasado, y el descubrimiento freudiano no se limitó al desmantelamiento de las defensas y la elaboración del conflicto en el Yo. El psicoanálisis siempre pretendió algo más que darle un orden más claro y una visión más verdadera a la vida. Aun así, debió llegar hasta el punto mismo en que el objeto perdido se hace inseparable de su ausencia para que lo irrepresentable afirmase su lugar en la teoría. La teoría confirmó entonces que el deseo transfiere a la cura el ideal de atravesar la barrera entre lo representable y lo irrepresentable. Con una salvedad: por más que los límites se corran, siempre quedarán irrepresentables. Y con una advertencia: lo irrepresentable (correspondiente al trauma, al duelo, al objeto perdido, al enigma o a lo que hay de más originario en la sexualidad y en la muerte) emerge como posible creación en el futuro.
Lo representable
El psicoanálisis siempre se propuso darle representación a lo más alejado de la palabra. El pasaje de la representación-cosa a la representación-palabra y la representación de objeto es uno de los instrumentos de la cura analítica. En este nivel, lo representable corresponde a un inaccesible perteneciente al orden de lo figurable y accesible a la percepción.
Uno de los descubrimientos más originales de Freud consistió en poner a la vista que lo fantástico es traducible. El otro fue notar que lo subterráneo mantenía la crudeza e intensidad de la pulsión pese a la arquitectura defensiva del Yo.
La metapsicología freudiana consideró que la representación inconsciente está provista de catexis y que la inscripción en lo Inconsciente, en razón de la represión originaria, fija la pulsión a un grupo de representaciones y mantiene en ella, en la pulsión, una cierta idea de hacia dónde dirigirse. Las representaciones inconscientes privilegian así la atracción sobre otras representaciones cuando la asociación libre y la atención flotante instalan el trabajo analítico de lo representable.
La curiosidad y el deseo de saber que sostienen el análisis, especialmente si se trata de su costado hermenéutico, son animados por ese inconsciente desconocido, que mantiene la promesa de un placer de sentido que se logra en la sublimación pulsional durante el ejercicio de lo simbólico en los momentos de insight y de posterior meditación.
Además, e intento subrayar este punto, el estudio de lo Inconsciente reveló que la representación reprimida queda ajena al contexto de la situación en la que se produjo la defensa, mientras que lo no reprimido queda extraño de sentido. Junto a la fuerza propia de la representación inconsciente y al poder de atracción que el objeto interno reprimido ejerce sobre la pulsión, el extrañamiento de la experiencia que quedó fragmentada e incompleta agrega un ingrediente de peso, un enigma siempre activo, al tema de la representabilidad.
Con la capacidad del escritor de darles palabras no sólo a los fantasmas sino también a los funcionamientos psíquicos inconscientes, Henry James notó la intensidad de sugestión literaria que reside en el personaje suelto, en el personaje despegado de su medio, en la imagen disponible, y les dio esta condición narrativa a los hombres y mujeres de sus novelas. Con agudeza psicológica prefirió que faltara arquitectura en la historia, a que sobrase. Prefirió que el personaje estuviese "en tránsito" y con conciencia del empeño por llegar a un destino abierto. El personaje suelto de James, que intenta construir la conciencia de un destino, transmite una cierta resonancia propia del trabajo psicoanalítico, donde la experiencia incompleta del pasado sigue preguntando al destino mientras el yo va adquiriendo disponibilidad para el futuro.
Un ámbito ambiguo e inquietante por donde deambulan recuerdos e intentos repetitivos a los que no les queda sino interrogar a la historia, un pasado conocido pero insuficiente y representaciones inconscientes aisladas de la experiencia, dan fundamento a un representable ávido de lógica y sentido que pretende la desmesura de dar cuenta de una pasión perdida y de una temporalidad quebrada. Los esfuerzos por atraer, los esfuerzos por "dar caza" (según la noción freudiana), propios de lo Inconsciente reprimido, y el intento por ordenar la experiencia que posee el inconsciente no reprimido, son las fuerzas pulsionales y los mecanismos metafóricos y metonímicos del proceso primario que abren las posibilidades interminables de transformación que hay en lo representable.
La variedad de visiones del mundo interno y externo, la flexibilidad de pensamientos y afectos y el enriquecimiento del Yo que producen las redefiniciones del pasado en el análisis del presente, engendran esas fantasías de infinitud que subyacen en los repetidos intentos de penetrar en los orígenes pasionales del secreto inconsciente encubierto por la represión primaria. Una multiplicidad de sentidos y un placer de sentido que la razón, buceadora de síntesis y verdad, no suele aceptar fácilmente pero que el pensar del psicoanálisis, del arte y del sueño, donde una cosa puede ser otras muchas, lo corrobora. El trabajo sobre las representaciones y el contexto donde la represión se instaló da versiones más sensibles y enriquecedoras del pasado, de sus repeticiones y destinos. Con la condición de dejar llegar el pensamiento imprevisto (señala Pontalis), el que contradice y rompe la armonía, y acoge una nueva fantasía básica (Baranger, M., 1993) en la experiencia analítica.
Para bien o para mal, pareciera que nunca se concluye con lo desconocido que deambula por los aluviones fantasmáticos a que nos tiene acostumbrados el estudio de lo representable. Un representable que está ahí, siempre dispuesto a que el análisis lo emplee en las nuevas aperturas que da la interpretación, es un ofrecimiento maravilloso de lo Inconsciente a la vida. Pero, también, una condena para el alma apresada por ese apagamiento de la imaginación que, como dijo Wordsworth, provoca lo simbólico cuando, a fuerza de un uso repetitivo e institucionalizado, puede hacer de la metáfora un sinónimo de lo metaforizado. Son las riquezas y los obturamientos de lo representable, sus despliegues y sus abismos e, incluso, el peligro de que la sobresignificación, los sobresentidos, conduzcan a una fragmentación de la certidumbre de una identidad. Con su conocida apetencia por los juegos laberínticos del lenguaje, en "Sobre el Vathek, de William Beckford" escribió Borges: "... tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y tan simplificada la historia, que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido y casi infinito de biografías de un hombre, que destacan hechos independientes y de los que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es el mismo".
No obstante los límites y las obturaciones a las que puede conducir lo representable, en la medida en que adquiere movilidad de sentidos, se produce el movimiento característico de la temporalidad psicoanalítica: presente-pasado-futuro. No se trata de un desplazamiento del presente hacia el pasado, sino de una apertura para emprender una aventura distinta en el futuro. M. y W. Baranger (1979), en concordancia con ideas de E. Pichon Riviére, consideran que la interpretación y el insight provocan un proceso dialéctico entre pasado y porvenir, de manera que lo vivido en el análisis puede ser considerado como una multiplicidad de destinos posibles, como una posible transformación del peso de un destino en elemento de una creación.
Lo representable es el arquitecto necesario en esta construcción de la temporalidad.
Sin embargo, lo prelingüístico y lo no lingüístico en sentido amplio no siempre son abordables por el trabajo analítico sobre la representación. Lo mismo sucede con las representaciones fragmentadas y escindidas por el trauma y, sin duda, con los irrepresentables universales. La aceptación de este nuevo límite, de esta finitud de lo representable generado por lo irrepresentable, enturbia el investimiento narcisista que se le suele otorgar y les da cierta caducidad a los esplendores imaginarios que ven en él una fuente infinita de iluminación. Estos límites han abierto el camino de la investigación psicoanalítica sobre la representabilidad.
Lo irrepresentable
El psicoanálisis ubica lo irrepresentable en lo que no tiene inscripción, en lo no psíquico. Para los desarrollos influidos por la lingüística, es lo que no está dentro de las posibilidades del significante. En el trabajo analítico, es lo que excede a la transmisión entre proceso primario y secundario, a la transmisión intrapsíquica entre sistemas, e intersubjetiva entre personas. Es lo que excede a la dialéctica de condensaciones, desplazamientos y juegos de la memoria.
Ninguno de estos niveles es ajeno a la práctica y están explícita o implícitamente incluidos en las teorizaciones que empleamos. Más aún, las mismas teorías no deben entenderse como verdades científicamente objetivables, sino como construcciones que le dan representación en la mente del psicoanalista a lo irrepresentable del funcionamiento psíquico. Freud (1933) aclaró este punto en la descripción de la metapsicología que hace en Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis: "He intentado traducir al lenguaje de nuestro pensar normal, lo que en realidad tiene que ser un cierto proceso, no conciente ni preconciente, entre montos de energía en un substratum irrepresentable." Es notable y no deja de sorprender que las formas que le damos a la técnica e, incluso, los horizontes del análisis, reciban su validación más rigurosa de esta invención de Freud, de su construcción de lo no representable, ascendida a referente de todos los interrogantes psicoanalíticos.
Freud siempre tuvo claro que lo no pensado puede hacerse pensamiento, representación, palabras. Algo que está en el Ello pero no se sabe puede ser disparado hacia la percepción, y "lo real-objetivo-no discernible" hacerse discernible, como señala en Esquema del psicoanálisis (1940).
No obstante, la noción de lo irrepresentable no es unívoca.
A) En las Nuevas conferencias..., Freud definió las modificaciones a las que apunta el psicoanálisis en términos metapsicológicos: "fortalecer el Yo, hacerlo más independiente del Superyó, ensanchar el campo de percepción y ampliar su organización, de manera que pueda apropiarse de nuevos fragmentos del Ello" y en esto último incluía tanto las impresiones hundidas por la represión como "las mociones de deseos que nunca han salido del Ello". Estas mociones, cuya apropiación por el Yo pretende el análisis mediante la transformación de algo que sólo es germen en la pulsión, en pensamientos y afectos, es uno de los niveles de lo desconocido no decible, de lo que no tiene aún representación. La simpatía nunca desmentida de Freud por Lamarck, la concepción de fantasías originarias, la universalidad del complejo de Edipo, el mito del asesinato del padre podemos remitirlos al "oscuro" Ello, al desconocido pasible de figuración.
Las transformaciones culturales, los avances científicos, tecnológicos y los nuevos conocimientos que atrapan fragmentos de la realidad material en nuevas evoluciones del símbolo ponen en evidencia que lo irrepresentado puede adquirir representabilidad. Por ejemplo, la fecundación in vitro dio percepción a la unión del espermatozoide con el óvulo, a un acto de engendramiento que sucede en el exterior del cuerpo, a una escena primaria tecnológica, a la visión de un hacedor externo de vida. Algo inédito, revulsivo y violento sólo imaginado por el mito y el arte, que pone a prueba la capacidad del aparato psíquico de hacer entrar en la espiral de la representación y el símbolo lo que fue un límite para lo psíquico (Melgar, 1995). Un destino y una transformación de lo sumergido en los enigmas del cuerpo.
B) Estos niveles de lo irrepresentable que testimonian la relación creativa del Yo inconsciente con lo desconocido del Ello, no son equivalentes a los irrepresentables de la psicopatología dominada por los efectos del trauma, por los duelos melancólicos devoradores de objetos y representaciones, y por los mecanismos de la negatividad.
Cuando los psicoanalistas se vieron necesitados de investigar con más asiduidad los mecanismos de la negatividad, las neurosis actuales, las depresiones narcisistas, las problemáticas no neuróticas fueron terrenos fecundos para el desarrollo de nuevos conceptos. Si bien éste fue el terreno empleado clásicamente, el estudio de la negatividad se extiende a las neurosis y a otras experiencias, como las del arte. Freud había notado el amplio horizonte de la negatividad y tuvo una visión plurisémica de su presencia en la vida anímica.
Un ejemplo es la alucinación negativa. En los escritos de Schreber, Freud descubrió el fundamento narcisista de la alucinación negativa. Corolario fantasmático de la retracción libidinal al Yo, fue entendida desde entonces como la repetición alucinatoria de la vivencia psicótica de Fin de Mundo. Hace ya algunos años, A. Green definió con acierto la alucinación negativa como la representación de lo irrepresentable. Una representación destinada a denunciar la desinvestidura objeta) y la consecuente desaparición, en la mente, del mundo representado, transmite algo muy cercano a la muerte psíquica. En este sentido, la alucinación negativa no es sólo la repetición del fundamento del delirio, sino una representación universal del trauma y, a la vez, una defensa frente al vacío. Ésta puede ser reconocida en el horror al vacío que experimenta el creador frente al papel o la tela en blanco, que no es comparable a la relación simbólica con la nada, más cercana al ombligo del sueño. Mientras esta última conecta al creador con lo imposible y con "ese querer penetrar en los secretos de la vida, de pedir a la creación el poder de recomenzar" que Blanchot ve en la tentación del artista de ir más allá de lo permitido hacia la transgresión más radical, la alucinación negativa es un mecanismo que acompaña al deseo de muerte de un mal objeto proyectado en el mundo externo frustrante. Un objeto sin el cual, paradójicamente, no se puede vivir sin experimentar indefensión. Pese a estas diferencias, suelen coincidir en la clínica y en el proceso creador.
Los irrepresentables correspondientes a los mecanismos de la negatividad no están condenados a quedar fuera de las cadenas asociativas. Pese al trauma, siempre quedan restos analizables de representaciones fragmentadas; los fantasmas arcaicos se apoderan de la proyección y se suelen analizar en situaciones externas; de los objetos perdidos en duelos tempranos, queda la nostalgia; y la situación analítica da posibilidades de construir fantasías sobre lo que no tiene representación inconsciente. Parte de la riqueza del análisis contemporáneo nace de la posibilidad de experimentar en los dos campos: el de lo representable y el de lo irrepresentable con sus aportes, interrelaciones y límites. Green (1995) enfatiza la necesidad de ocuparse no sólo del trabajo sobre las representaciones sino también sobre la representabilidad, y son varios los autores que aportan experiencias clínicas y desarrollos teóricos en ese sentido.
C) Tampoco estos irrepresentables son equivalentes a los universales considerados como de imposible representación: la muerte, el origen de la vida, el objeto perdido imaginario, lo incognoscible del sexo y la sexualidad.
Si la literatura es capaz de darle escritura, forma y contenido a lo más inaccesible del psiquismo, nada mejor que recordar la carta que Freud le escribió a Romain Rolland (1936). La imagen del monstruo de Loch Ness fue el fantástico fantasma construido por el psicoanalista y escritor para darle figuración a lo inexplicable de la experiencia. "Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis" contiene una elaboración edípica extraída del autoanálisis de Freud, que le da interpretación al extraño efecto del impacto estético ante la visión de la Acrópolis. A la vez, contiene esa visión literaria que atraviesa pasajera y rápidamente el texto y deja en una imagen la sugerencia de un secreto, de un enigma no verbalizable: "... es como si alguien, paseando en Escocia por el Loch Ness, viera de pronto escurriéndose en tierra el cuerpo del tan mentado monstruo y se encontrara forzado a admitir: `¡Entonces existe efectivamente esa Serpiente del Lago en la que yo no creía!`
Dice Borges: "Nadie ignora que a Edipo lo interrogó la esfinge tebana: ¿cuál es el animal que tiene cuatro patas al amanecer, dos al mediodía y tres por la noche? Nadie, tampoco ignora que Edipo resolvió que se trataba del hombre... quién de nosotros no percibe inmediatamente que el desnudo concepto de hombre es inferior a la mágica pregunta que deja entrever el temible animal."
La perturbación del recuerdo en la Acrópolis permite reconocer la inquietante extrañeza de lo no familiar, el encuentro con algo imposible de percibir en el mundo simbólico conocido. Por su lado, el enigma borgiano instala la índole mágica de la pregunta que hace la esfinge. Freud vislumbra, mira imaginativamente lo irrepresentable, Borges lo convoca. Freud no ignoraba que lo siniestro es un celoso guardián de lo inaccesible, pero pensaba que la fuente edípica del conflicto pulsional en el Yo era el camino más verdadero, el terreno más riguroso y respetuoso, para profundizar en lo desconocido. Borges no ignoraba
la excelencia de la palabra justa, del juicio lúcido y de los símbolos adquiridos por la cultura, pero sabía que los vacíos son también la obra.
Me referí a estos dos textos porque los autores le dan lugar a lo irrepresentable. La posibilidad de construir un fantasma a partir de lo inaccesible, aceptando las infinitas posibilidades que hay en todo enigma, sin desdecir la realidad psíquica, sus representaciones inconscientes y la importancia de la palabra, forma parte del trabajo de la representabilidad.
Misceláneas sobre lo irrepresentable
A medida que el psicoanálisis avanza hacia lo más primario del psiquismo, en distintos ámbitos y desde distintos puntos de partida, se reflexiona con mayor riqueza de teorías en lo que hay de indescifrable en la sexualidad y la agresividad originarias, en lo irrepresentable inherente a la constitución misma del sujeto.
En su concepción del enigma, J. Laplanche consideró que la seducción originaria es prototípica del mensaje enigmático ya que, junto con la ternura, el adulto introduce activamente la sexualidad, en un mensaje cuyas significaciones son indescifrables para el niño y, en gran parte, para el mismo adulto. Para Laplanche (1982), el enigma así instalado es un significante "á traduire".
De alta potencialidad polisémica, lo enigmático puede concebirse como un disparador de la fuerza representacional del psiquismo. Una capacidad de dar figuración que, paradójicamente, se hunde en el núcleo irrepresentable de la sexualidad, instalado traumáticamente.
S. Ferenczi ya había notado la violencia identificatoria que ejerce el adulto sobre el niño en situación de indefensión, dando lugar a la identificación con el agresor. En la medida en que el niño, apto para la ternura, no entiende los componentes sexuales de la seducción, se identifica con el adulto agresor. A. Freud (1936) también notó que, ante la agresión improcesable del adulto, el niño se identifica con el agresor. Ambos autores señalaron el fundamento traumático y los efectos sobre la estructura.
C. M. Asían (1998) se ha referido al aspecto estructurante de las identificaciones primarias que constituyen el núcleo más difícilmente modificable de la estructura.
La disposición universal hacia el arte que posee el ser humano tiene su raíz en una identificación primaria. La repetida sonrisa leonardesca, la que caracteriza a La Gioconda, la que vemos en la genealogía sacra Santa Ana, la Virgen y el Niño conduce hacia el tema. Basándose en Vasar¡, quien había hecho notar que en su temprana juventud Leonardo había hecho cabezas sonrientes de niños, Freud (1910) propuso que la sonrisa leonardesca era la de la madre, la de Leonardo, o la de ambos. Entiendo que la sonrisa repetida, efecto de un impacto sensible, revela el núcleo estético que forma parte de la constitución del sujeto.
El psicoanálisis del arte, la experiencia analítica con el arte, permite percibir la riqueza de enigmas que yacen en los puntos menos descifrables y más atrapantes de la obra (Melgar, Rascovsky de Salvarezza, 1997). La identificación estética con lo indescifrable despierta entonces la escena fantasmática, la representación del misterio.
Es posible que las identificaciones primarias lleven consigo lo enigmático, de manera que lo irrepresentable forme parte de la constitución misma del sujeto.
En la experiencia clínica sobrecoge constatar que ciertos fenómenos que habían interesado a Freud y sobre los que no tenemos una teoría lo suficientemente satisfactoria, como la transferencia de impulsos e ideas de una persona a otra o de una generación a otra, contienen elementos enigmáticos, que no terminan de acceder a la inscripción psíquica y se transmiten en identificaciones primarias.
La práctica muestra que fantasías inquietantes y difícilmente penetrables acceden muy lentamente al análisis. Cuando lo hacen, la mismidad del analizado se conmueve. Si la experiencia es tolerada, la creatividad del psicoanalista puede encontrarse con el potencial creativo del analizado, instalándose lo que, con R. Doria Medina E., hemos llamado una "estructura de insight' (1996), donde lo enigmático de la sexualidad, hundido en la identificación primaria, se dramatiza en el análisis.
En "El olvido de los sueños", Freud (1900/01) observó que en todo sueño hay un lugar de sombras, una madeja de pensamientos oníricos que no pueden llegar a conocerse. Lo llamó "el ombligo del sueño", por considerarlo "el lugar más espeso de donde se eleva el deseo del sueño como el hongo de su micelio". Es interesante que en momentos tempranos de su obra ya ubicara en los sueños algo indecible, imposible de desenredar que, a la vez, fuese el substratum del deseo del sueño, y no expresión de la censura. Freud no propuso más adelante hipótesis técnicas sobre esta apreciación clínica ni se ocupó posteriormente de la metáfora sugerente. Aun así, la posterior noción de pulsión encaja elocuentemente en el ombligo del sueño.
Llama la atención la singular relación que Freud estableció entre los deseos del sueño y el ombligo (pulsional), desde donde se dramatizan. Al mismo tiempo, saltan a la vista el silencio y la ausencia de pensamientos que Freud le atribuye. Un silencio que se transforma en teatro onírico quizá constituya un primer acercamiento en Freud a lo que hoy entendemos como trabajo psicoanalítico sobre la representabilidad. Un trabajo que obliga a penetrar en los poco accesibles terrenos de la pulsión, del Eros aún amorfo, de Tánatos y del objeto perdido.
El objeto perdido es un irrepresentable. Cuando Kant vio en la nostalgia el deseo de reencontrar algo que se tuvo en un tiempo irrecuperable, vislumbró la problemática temporal de su objeto. Un objeto definido por la ausencia que dejó y por una específica cualidad afectiva en la que subyace el pasaje efímero y transitorio de un irrepresentable. G. Rosolato (1985) señaló la función creadora que tiene la nostalgia y la acción disparadora de lo imaginario por efecto de la percepción de fragmentos todavía perceptibles de la totalidad sumergida. El objeto perdido, irrepresentable y cercano a los dominios de la pulsión de muerte no se propone al psiquismo como representación, sino como motor de transformaciones.
El trabajo psicoanalítico sobre las articulaciones entre lo representable y lo irrepresentable avanza hacia lo originario y corre los límites de la cura analítica más allá de los límites de las defensas. Es una tentativa de sostener el deseo que amenaza quebrarse en los momentos de angustia actual. Entiendo que es un intento de encontrar respuesta a la atracción ejercida por el enigma, el silencio y la ausencia, cuando las angustias traumáticas dejan de ser un problema último del análisis y el problema es la necesidad de crear, amar y sublimar.
Algo de la potencialidad de lo siniestro está incluido en lo irrepresentable y en las identificaciones primarias que lo transfieren. Pero no todo puede ubicarse en estos términos. La dinámica pulsional vehiculiza identificaciones primarias durante el análisis, y es posible que aquello que no llegó a ser huella mnémica se instale en las fantasías básicas (M. Baranger, 1993) construidas entre analista y analizado como creación analítica.
Es probable que el énfasis que el analista pone en el punto de partida pulsional, traumático, estructural, o del objeto cuando considera lo irrepresentable, esté en relación con su experiencia analítica y su propio proceso teórico. También es probable que los analistas que incluyen lo irrepresentable en su pensamiento y no lo desmienten en la práctica sean quienes buscan indagarlo en la técnica, liberándose también del sentimiento de irrealidad que suele embargar el campo analítico.Pero lo que me parece innegable es que, si se eliminara el arte de la experiencia psicoanalítica, los florecimientos actuales de lo irrepresentable enmudecerían en la teoría.
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