Extracto del diario "La Justa "- Nº6
Por La Justa
"HABRíA QUE REVER EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA PROGRESO"

Dice ser un animal urbano de origen. Nació en la casa que su abuelo paterno tenía sobre la avenida Córdoba, frente al Teatro Cervantes y allí vivió hasta los quince años. De padre trabajador rural, este arquitecto creó el porteño Museo de la Ciudad -de donde lo jubilaron hace dieciocho meses- y lo equipó a través de la recolección minuciosa de objetos históricos sin valor económico pero con importancia patrimonial para los vecinos interesados en conservar las pequeñas cosas. Amante de San Telmo, se erige como la persona que pudo revalorizar culturalmente a uno de los barrios más antiguos de la ciudad gracias a la creación de la Feria de Plaza Dorrego. Peña descree de la modernidad por sí misma; postula que lo antiguo y las vanguardias arquitectónicas pueden convivir en la ciudad y entiende que la diversidad de sus construcciones explica la atracción que los extranjeros sienten por ella.
José María Peña (76): "Conservar las pequeñas cosas"
¿Cómo se generó su interés por la historia de los edificios de la ciudad?
Quizás porque me gustaba la fotografía ... y con una cámara de fotos se aprende a ver. En la Facultad aprendí a valorar que un edificio no es un hecho aislado sino que forma parte de un conjunto de relaciones. En esa época se dejó de estudiar la arquitectura clásica y tradicional para abordar de modo ineludible lo moderno. Todas las edificaciones de Av. de Mayo eran decadentes - y se renunciaba a estudiarlas, se las dejaba caer. A mí eso no me parecía bien, yo creía que tenían su gracia.
Cuando se formó una comisión que estudiaba la arquitectura argentina de los siglos XIX y XX, uno de los primeros trabajos fue fichar edificios de Ss. As. según un plano de la ciudad de 1870. Entonces, fui con mis planillas casa por casa y marqué lo que creía que aún se conserbaba. Ese trabajo no se volvió a hacer nunca más y por ello se perdió muchísima información al respecto. Si hoy se quisiese estudiar la ornamentación en los edificios de la ciudad desde 1810 -una tarea que realicé en 1966-, habría que conseguir fotografías de la mitad de los lugares que se relevaron y cayeron en el camino.
Muchas de esas construcciones estaban en San Telmo ...
Exacto, y porque se perdieron muchos edificios, yo asumo que hay que conservar la vida de las pequeñas cosas. Un edificio no es un libro que se coloca en cualquier lugar de la biblioteca. Siempre hay que tener en cuenta su entorno, su creación y aceptar que lo viejo y lo nuevo no colisionan. Muchos exigen modernidad, y no comprenden que se puede convivir con ambas tendencias. Cuando en 1979 conseguimos que se firmara la primera ordenanza sobre la protección del Casco Histórico, esta obligaba a construir en arquitectura contemporánea y prohibía absolutamente en las escenografías, las imitaciones de casas coloniales o góticas porque nunca serían genuinas y en su interior no tendrán jamás aquello que contenían las originales. Además no hay manera de conseguir obreros que comprendan el concepto original de esas edificaciones, que estén empapados de la vida diaria en el siglo XVIII y que lo puedan trasladar a la obra.
¿Con qué objétivo decidió crear el Museo de la Ciudad?
Yo soy un juntador de objetos, y la mayor parte de las cosas que usamos hoy se van a guardar como testimonio de la memoria colectiva. Es útil que una propuesta -a priori nostálgica- como es la Feria de Plaza Dorrego se haya convertida en la salvación de uno de los barrios más viejos de la ciudad. Ese fue el resultado de nuestro trabajo, acompañado por la inconciencia de algunos funcionarios a los que logré convencer para desarrollar la propuesta. El museo iba a aparecer en un barrio muerto, y muchos no querían que la Municipalidad hiciera un papelón, pero logramos armar en la plaza una sala a cielo abierto con objetos de la memoria porteña. Además, por primera vez logramos que la feria de las artes venda en la vía pública pinturas, esculturas y fotografías. En 1977 juntamos 3 mil personas que vinieron a un baile a 150 metros de la Casa Rosada. Todo lo que ahí se vendía había estado en la casas de Buenos Aires y se convirtió en una llave para que la gente conociera San Telmo, un barrio al que le faltaba algo para valorizarse arquitectónica y culturalmente. El gran éxito del museo fue haber conseguido que la gente se integre a las exposiciones: todos los días los vecinos aportan algún objeto a la colección, que ya supera las 70 mil piezas. Hoyes todo descartable, y en general se tira; pero si vos mirás la revista Gente de los años 70, distinguís cosas con las que mi generación convivía a diario. Todos los objetos son disparadores de la memoria, incluso la música. Hay canciones que los chicos escuchan hoy, que poseen una orquestación moderna pero conservan melodías de la guerra del 14.
¿El crecimiento del turismo contribuye a mejorar la política respecto del patrimonio edificio?
Si nuestras autoridades comprenden que una de las razones por la que los extranjeros vienen a Buenos Aires es porque están deslumbrados con la ciudad, con esa disparidad de épocas en una sola cuadra, creo que el turismo contribuye. En la calle Alsina conviven una construcción de 1894, una casa de hace 15 años, otra de 1930, y una librería de los años 20. La atracción reside en esa diversidad, y el error consiste en creer que si no tenemos el último grito de la moda quedamos afuera de algo. Los extranjeros aman esa diversidad porteña, vienen a disfrutarla y hasta compran propiedades que luego no alteran. ¿Por qué San Telmo tiene el éxito que tiene? Porque posee todo este crisol de estilos. Cuando se inauguró la feria en el 70, el barrio estaba muerto. En 1956 se dictó una ordenanza por la cual todo el barrio Sur iba a ser demolido para dejar lugar a la Ciudad Nueva, que pretendía cambiar el tamaño de las manzanas y de las calles. Pero nos salvamos por una constante nacional: el gobierno no tenía dinero para desarrollar el proyecto. En la actualidad, mucho más aterrador que el desarrollo de Puerto Madero, es la construcción de un mercado en el dique 2 que hará desaparecer esa infraestructura portuaria. Yo eso no lo puedo entender.
¿Cuáles son las políticas que deberían implementarse para acentuar ese espíritu de conservación cultural?
La política cultural no es para los políticos porque no tiene color. Si las autoridades están convencidas de lo que significa mantener la identidad de -por ejemplo- los locales comerciales antiguos, lo pueden realizar. Hoy escuché que los chicos argentinos son los que más dejaron de leer en los últimos 5 años en toda América Latina. Pero esa lectura no es sólo de un libro. Se pueden leer la arquitectura y el urbanismo, yesos locales viejos son textos, cables a tierra. Su generación espontánea no existe, sino que se presentan como rasgos de una ciudad, como los rasgos de un grupo familiar. Siempre tuve claro que no se puede congelar una ciudad, que no es posible conservar todo, y me impresiona que mucha gente crea que ese es mi objetivo. Es porque no pueden defender su punto de vista de desear lo nuevo solo porque es nuevo. Habría que rever la palabra progreso, un término que no implica necesariamente vivir más alto, sino vivir mejor. La mayoría de estas personas no comprende que es fundamental apreciar que el sol llegue a pegar en tu ventana.