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Joaquín Torres García y la Escuela del Sur

Por OM

Extracto de la revista "Dedalus" Nº 1, página 6

  "La influencia de las obras y teorías de Torres García es decisiva en la formación de la nueva Escuela del Sur a través de un grupo representativo de artistas que han seguido, ampliado o redefinido aspectos clave del legado del maestro uruguayo"
                                                                                      Mari Carmen Ramírez


             El Centro Cultural Borges  exhibe en una de sus salas los dibujos originales que ilustran su libro "El universalismo constructivo", acompañado de un puñado de óleos y réplicas de sus famosos juguetes, todos ellos provenientes del Museo Torres García de Montevideo. Reseñamos su vida, itinerario del cual pueden entresacarse elementos jugosos y hasta edificantes que permiten un acercamiento a su vida, su obra y su legado como maestro. En Argentina pueden destacarse como auténticos seguidores e intérpretes de su arte y enseñanza a los maestros Alberto Delmonte, Adolfo Nigro, Jorge Rivara y Julián Agosta, entre otros.
          Joaquín Torres García nació en Montevideo el 28 de julio de 1874, hijo de Joaquín Torres Fradera, (catalán nacido en Mataro en el seno de una familia de cordeleros, relacionados con la navegación) y María García Pérez. El padre emigró a los diecinueve años al Uruguay, donde creó, en la llamada "Plaza de las Carretas", un almacén que cobijaba la mayor heterogeneidad de productos, frecuentado mayormente por paisanos que intercambiaban productos, con un bar anexo. Tenía, junto a su almacén , aserradero de madera y un amplio taller de carpintería en el que Joaquín pasaba muchas horas cortando y ensamblando piezas. También por el lado de la madre, uruguaya aunque hija de un español de Canarias, acusaba la herencia de la carpintería, que tanto tendrá que ver luego con en ensamblaje de su obra, y aún en sus juguetes. Torres García era ya un joven gran lector, dotado de un gran poder de asimilación, leyendo vorazmente.
    
El itinerario de Torres estará marcado por la quiebra económica de su padre, que embarca en1891 con su esposa e hijos hacia Génova y seguidamente rumbo a Barcelona, y de allí a Mataró, donde se familiariza tanto con la cordelería como con el idioma catalán. Comienza a tomar lecciones de dibujo en la escuela nocturna de Artes y Oficios con Josep Vinardell. Luego ingresa a la célebre Academia de la Lonja, la célebre "Llotja"  fundada por la Junta de Comercio, que en los días de Torres García se denominaba  "Escuela Oficial de Bellas Artes de Barcelona" En 1897 un número extraordinario del diario barcelonés "La Vanguardia" reproduce un dibujo suyo: una escena callejera costumbrista llamada " La compra de turrones" y al cabo de pocos días presenta una variada colección de dibujos en el Salón de Exposiciones del mismo diario. Se sabe que Torres García trabajó una temporada en las obras del templo de la Sagrada Familia, a las órdenes de Antonio Gaudí, aunque se desconoce la naturaleza de su aporte a la obra, así como que colaboró con Gaudí en la Reforma de la Catedral de Palma de Mallorca. En 1904, poco después de trabajar a las órdenes de Gaudí realiza con lu Pascual, compañero de trabajo en la Catedral Mallorquina una exposición en el "Círculo Artístico de Sant Luc" con gran apoyo de la crítica especializada. En mayo de 1904 publica un artículo en la revista " Universitat catalana" donde afirma que nunca la forma artística debe consistir en una copia de la realidad, anticipando el idealismo propio de su concepto del arte.
         En 1906 se le presenta a Torres García la primera oportunidad de realizar un trabajo personal: pintar óleos de escenas idílicas de la vida campesina en una estancia de la residencia del Barón de Rialp. Prontamente recibe otro encargo, se trataba de la seis grandes lienzos para decorar la Capilla del Santísimo de la Iglesia Neoclásica de San Agustín de Barcelona. En 1908 se presenta otra gran oportunidad para Torres García, pintar una estancia del Ayuntamient: realiza allí escenas alusivas a la actividad comercial y mercantil de la ciudad. Su obra generó algunas voces de descontento, pues "su modernidad desagradó a los rutinarios". En 1910, ya casado con Manolita Piña, parte a Bruselas con el objetivo de montar el pabellón uruguayo de la Exposición Universal, pintando allí escenas dedicadas a las principales fuentes de riqueza de su país: la ganadería y la agricultura. Tanto en el viaje de ida como de vuelta se detuvo en París donde intercambio ideas y contempló la obra de sus amigos pintores. A su retorno a mediados de 1910 expone en la sala "Faianç Catala", la acogida de la prensa y el público es tibia, solo algún crítico elogia la armonía de sus grises pero con reticencias.
          Por razones de economía el matrimonio Torres-Piña se instala en Vilasar del Mar, paisaje ribereño que le inclinará por lo clásico; cuando nace su primera hija le da el nombre de Olimpia, y le seguir cuatro años después Ifigenia, luego Augusto y por último Horacio. ("Hay que decir una verdad con elementos plásticos": Augusto Torres). En la primavera de 1911 se celebra en Barcelona la "Sexta Exposición Internacional del Arte: TG había enviado allí diversos cuadros como "Palas introduciendo a la Filosofía en el Helikon como Décima Musa". Tiempo más tarde le proponen la tarea de adorno y restauración del Palacio de la Generalitat, realizando también los murales del "Salón de San Jorge". A mediados de 1912 viaja a Italia con el propósito de conocer los frescos sobre todo los de Pompeya, sin embargo, fatigado por tantos viajes desistió de la empresa, estuvo en Florencia y en Roma. En setiembre de 1913 aparece su libro "Notes sobre art" que recopila sus conceptos sobre estética. Sus frescos en las paredes del Salón de San Jorge le ocasionaron muchas críticas, incomprensión y disgustos. Se crea una gran polémica en torno a su arte que sacude toda Barcelona. Por ello vive en una casita de camp o en las cercanía de "Can Bogunya", mezcla de casa de campo catalana, villa romana y templo griego con dinteles y columnas inclusive, la bautizó con el nombre de "Mon Repos", o sea "Mi descanso"
         Pero el sueño no pudo cumplirse, Torres García no pudo renunciar a su pasión y continuar con el Salón de San Jorge y otras obras. Elabora un arte muy sencillo, voluntariamente limitado, entre 1915 y 1917, que podría calificarse de franciscano, porque surge fruto de una total admiración a cuanto lo rodea. A principios de 1917 y junto al pintor Rafael Sala, expone por segunda vez en las galerías Dalmau, que albergaban las más célebres manifestaciones artísticas de Barcelona. Ese mismo año toma contacto con el pintor uruguayo Rafael Barradas, con quien establecerá un vínculo muy estrecho, y que denomina a la pintura de Torres "vibracionismo". Paulatinamente y sobre todo después de la muerte de su amigo Henrios Proa de la Riba, pierde apoyo de las autoridades locales y es muy seriamente cuestionado por la prensa: su cuarto fresco en el Salón de San Jorge fue ampliamente censurado. Los años 1918 y 1919 serán muy duros, lo que le lleva a aislarse, concentrarse más en sí mismo y limitar sus amistades a un círculo de personas de ideología inconformista, incluso simpatizantes de la revolución. Torres realiza entonces una de sus obras más felices y enjundiosas: un panel decorativo con unos personajes elegantemente vestidos y situados en el jardín (entre ellos el propio pintor), que exhibió en la Exposición General de Arte de Barcelona, en 1918. En aquel mismo período, inicia una modalidad en su producción artística en la que pondrá muchas esperanzas y obtendrá nuevos desengaños a pesar del evidente interés que ofrece: la producción de los citados juguetes de madera, diseñados por el e ingeniosamente ensamblados. Pero el negocio fracasa, y la situación económica empeora: además, en el ambiente artístico catalán empieza a llamársele "Torres-Desgracias".
          Marcha entonces a los Estados Unidos, donde si bien le fascina la gran urbe, encuentra grandes dificultades para obtener dinero con su arte en una sociedad a la que no pudo integrarse por su desconocimiento del inglés, si bien muchas obras reflejan su admiración por Nueva York. Ensaya nuevamente con la industria del juguete sin obtener buenos resultados, pensando en mayores oportunidades de éxito y facilidades de fabricación hace un nuevo intento y se marcha con toda su familia a Génova, lleno de esperanzas. En julio de 1922 los Torres se instalan en Fiésole, donde el artista deja de pintar enfrascado en la fabricación de los juguetes: allí celebra una muestra con grandes expectativas y muy pobres resultados. Un nuevo emprendimiento en materia de industria del juguete queda frustrado por el incendio de un almacén donde guardaba las existencias ya listas para la venta de Navidad. Igualmente continúa con la construcción y venta de juguetes a Norteamérica y Holanda. Pero el régimen fascista italiano, más allá de las razones económicas hace muy incómoda la permanencia de la familia Torres-Piña en Italia, asi que en diciembre de 1924 se instala en Villefranche-sur-Mer, un pueblito francés de la Costa Azul y empieza a pintar nuevamente. Se diría que el ambiente del Mediterráneo ha desarrollado su espíritu clásico pintando hombres y mujeres trabajando la tierra, más semidioses que agricultores, pintados con un voluntario arcaísmo estilístico. La dictadura de Primo de Rivera incide en la autonomía de Cataluña, y pintores oficialistas y con tendencias académicas quedarán a cargo de los polémicos frescos del Salón de San Jorge: con honrosas excepciones, muchos pintores se prestaron gustosos a eliminar la obra mural de Torres García, pues la tendencia era "dar marcha atrás" a la obra de la administración catalana. En setiembre de 1926 y estimulado por el éxito de algunas exposiciones suyas logra el sueño de llegar a París con toda su familia, donde , si bien los primeros tiempos en París muy duros, nunca deploró haber pasado por desalentadoras experiencias: "Yo he aprendido mucho en París, puedo decir que allí me formé definitivamente". En los primero tiempos allí , su pintura acusa una influencia "fauve" en la voluntaria brutalidad de los rostros o las figuras de cuerpo entero, pintadas toscamente como ciertos ídolos de los pueblos salvajes, aunque en la obra de aquella época, además de la seducción del arte negro, se percibe en algunos paisajes y bodegones, una preocupación estructural de innegable filiación cubista. 
         El círculo de amistades de Torres García en París entre 1928-1929 revela, pues una afinidad en el sentido artístico, con un conjunto de personas que, a pesar de la diversidad de formulaciones y de la multiplicidad de los experimentos estéticos llevados a cabo por cada una de ellas, aprecian lo estructural más que lo aparente, el concepto más que la imagen, lo racional más que lo sensible. A finales de 1928 Torres García se ha desprendido ya de todo resabio "fauvista" y primitivista y tiene de a la abstracción. Su tendencia a la austeridad formal se acusa en una modalidad estilística que dar mucho juego en su pintura por aquellos años: la disociación de la línea y el color y la producción de un tipo de dibujo muy esquemático.
          "La Historia del Arte -dijo Torres García- muestra que todos los pueblos pasan de lo puramente imitativo a lo abstracto. Esa evolución no es fortuita: obedece a la tendencia de la Humanidad a seguir el sentido del Universo, que en todo momento se encamina hacia la Unidad..." Si la perspectiva constituía para el pintor un impedimento para sugerir, en un solo plano, la noción de la unidad de la diversidad de las formas, también en aquella época constructiva consideró Torres que los valores, la intensidad de los tonos o lo que se denomina "claroscuro" son elementos accesorios o secundarios respecto a lo esencial, que es el color, de modo que, para no perjudicar la unidad de la composición, aprovecha el sistema del funcionalismo ortogonal o de las cuadrículas, para destruir el colorido, asignando cada color diferenciado a un plano o cuadro distinto. Del tamaño de éstos dependía, al parecer del artista la intensidad tonal. Las formas y los Colores que perciben nuestros sentidos son, pues reelaborados y pasan a ser objeto de una reestructuración. Pero ésta no se hace arbitrariamente: s metiéndola a una orden - decía Torres - se puede elevar a la Naturaleza a un plano universal, porque se procura ajustar lo visible a la ley de Unidad que preside el Cosmos. La pretensión del artista era muy ambiciosa: si, por un tiempo, definió sus pinturas como "Constructivismo", poco después les aplicó la denominación de "Universalismo Constructivo"  En definitiva se trata de un arte de gran contenido ideológico, ya que aspiraba a dar una visión unitaria del Mundo por medio de una rígida estructura y de un esquematismo formal y colorístico, sin incidir en la abstracción total. Por eso las obras del pintor están llenas de alusiones a la realidad, Torres García incluye en los recuadros de sus composiciones, representaciones de objetos usuales: un reloj, un martillo, un áncora, o bien figuraciones de seres vivientes: un pez, un hombre.Así el contemplador de esta especie de jeroglífico nunca llega a tener la impresión de estar desligado en la realidad perceptible. Durante sus años parisinos pudo haber sido completamente feliz de no haber sentido de un modo acucian-te la preocupación económica. El crack de 1929 y la consecuente crisis económica mundial, lo hacen pensar en trasladarse a España donde acababa de instaurarse la República Española, pensando sobre todo en sus amigos influyentes ahora en el nuevo régimen. Llega a Madrid en 1932, donde, como reconoce en su autobiografía, sufre no solo desde el punto de vista económico, sino que la prédica de su estética, y su pintura son recibidas con indiferencia. Reencuentra viejos amigos de su etapa catalana y se de otros nuevos , tales como Federico García Lorca, que tenía referencias a través de Rafael Barradas, entre otros. Lo que no obtuvo fue el público reconocimiento de su valía. De gran ascendiente entre sus alumnos, logró formar un Grupo de Arte Constructivo. Precisamente cuando su situación económica tendía a mejorar, Torres García resuelve viajar a América, primero piensa en México pero descarta esa tierra por motivos de salud, y luego en Montevideo, para donde embarca en abril de 1934. "He dicho Escuela del Sur; porque en realidad, nuestro norte es el Sur. No debe haber norte, para nosotros, sino por oposición a nuestro Sur. Por eso ahora ponemos el mapa al revés, y entonces ya tenemos justa idea de nuestra posición, y no como quieren en el resto del mundo.La punta de América, desde ahora, prolongándose, señala insistentemente el Sur, nuestro norte." Joaquín Torres García. Universalismo Constructivo, Bs. As., Ed. Poseidón, 1941.
             Después de 43 años de ausencia, regresa a los 60 años a Montevideo y se constituye en un incansable maestro: allí dicta más de seiscientas conferencias, pinta con asombrosa vitalidad y llega a publicar cerca de una decena de libros. A causa del carácter e las relaciones con su país, la información que el artista tenía sobre él era más bien escasa. Inmediatamente sintió una profunda admiración por Montevideo y sus habitantes. La desilusión vino poco después, cuando Torres se percató de que aquella ciudad de Montevideo que tenía todo el aire de gran metrópoli del siglo XX en lo material, se nutría en cambio, en lo artístico, de las manifestaciones más pobres y anticuadas. Ante ese contraste Torres García reaccionó con su característico entusiasmo. Publicó multitud de artículos de prensa, pronunció en círculos culturales, aulas universitarias, emisiones de radio una impresionante cantidad de conferencias. Buscó aleccionar a sus compatriotas y mostrarles la diferencia existente entre el arte perimido y el arte vivo. Multiplicó las exposiciones haciendo presente su arte. A partir de mayo de 1936 edita una revista "Círculo y Cuadrado" casi integra-mente confeccionada por él, segunda época de "Cercle et Curé" fundada en París para el movimiento contructivista. Más tarde en 1944 publica "Removedor" que se define "Revista del Taller Torres García". En el grupo de sus discípulos figuran entre otros sus dos hijos Augusto y Horacio, Julio, José Gurvich, Francisco Matto, y Gonzalo Fonseca. Torres García se siente finalmente compenetrado con la tierra que lo vio nacer porque, sus compatriotas se han percatado de lo mucho que ha hecho para afinar la sensibilidad colectiva en lo que a la plástica se refiere. Falleció en Montevideo el 8 de agosto de 1949.